Papeles
Terminé de escribir esa tarde emocionado por el futuro que veía lleno de posibilidades. Siempre pasaba lo mismo: escribía un par de páginas y me dejaba llevar por la esperanza de que el libro que fuera a escribir gustara a la gente y luego… nunca los terminaba. Se quedaban ahí olvidados para siempre en un pozo sin fondo donde se iban acumulando un montón de palabras que nunca llegarían a ser leídas.
Pero nada es para siempre y esa noche todo cambió. Mis párpados pesaban y el cuerpo parecía hecho de hierro. El viento me susurraba al oído haciéndome cosquillas y yo intentaba comprender qué era aquello que se me escondía. De repente, el viento cesó y, como una flor que despierta en primavera, abrí mis ojos. Estaba tumbado sobre un suelo de piedra frío y húmedo, a mi alrededor solo había oscuridad. Intenté acostumbrarme a la falta de luz buscando algún objeto que me ayudara a guiarme en ese lugar vacío cuando una luz roja iluminó el rostro de una criatura a la que no pude poner nombre. Parecía humana, una mujer bella de cabellos plateados, su piel transparente me daba escalofríos pero lo que más me llamaba la atención eran sus grandes ojos tristes. La ropa que utilizaba era lo único que podría definirse como opaco, pero tampoco la hacía verse más normal, llevaba una túnica marrón que la tapaba la mayoría del cuerpo y un largo bastón con conchas colgando, como aquellos que utilizaban los peregrinos. La criatura chasqueó sus dedos y del techo empezaron a caer decenas de hojas, que reconocí al instante. Todas las historias nunca terminadas me esperaban para ser acabadas. Ese sería mi castigo. Darle vida a aquello que yo maté. Y desde entonces he permanecido en este lugar condenado por mi pereza.
Comentarios
Publicar un comentario