Concursos
Halloween
Sulglurb
Bruno
Era la noche de Halloween cuando Luis y su hermana pequeña Carla estaban haciendo truco o trato. Luis iba vestido de espectro y tenía un libro sobre fantasmas que le encantaba tanto, que lo llevaba a todos lados. Carla iba de momia rosa y estaba continuamente rascándose la cabeza. Primero pasaron por una casa que tenía unas cuantas telarañas desparramadas por la entrada y una figura de frankenstein, tocaron a la puerta, y cuando una mujer con expresión alegre y un traje de esqueleto abrió la puerta, los dos gritaron: ¡Truco o trato! la señora se rió y les dió unas chuches . Luego pasaron a otra casa que estaba llena de purpurina roja y plateada y tenía una escultura de un esqueleto emergiendo del suelo y otra de un vampiro
CONCURSO INTERNO
Vamos a poner los relatos que los alumnos y alumnas de los Maker Creativos de ESO han realizado con el disparador creativo del relato de Julio Cortazar "Las líneas de la mano"
4º de ESO
El sol estaba a punto de ponerse, y él no iba a esperar más tiempo. El culpable de su miseria y toda su familia estaban ahí, en ese viejo bote que tantas veces su difunta hija y él habían observado. “Sentirás lo que sentí” escribió en el papel más roñoso que encontró por su piso situado al lado del puerto. Lo metió en un sobre y le puso un viejo sello que guardaba desde hace unos años, después la dejó en su mesa, en esa mesa que por última vez usó.
Gotas, muchas gotas, de sangre inocente cayendo por el arma usada, de agua pura cayendo por el rostro de un hombre desganado. No era justo, pero lo había hecho. No era un acto humano, pero él ya no se reconocía. Solo veía aquel día, en el que sin piedad le quitaron todo lo que él tenía, todo lo que él amaba. Desde que ella se fue su vida dejó de tener sentido. Sin embargo, el responsable no se merecía morir. Se merecía que le arrebatara lo que más quería, a su pequeña hija, y sufrir. Sufrir cada uno de sus días hasta su último. Que su pecho ardiese de dolor cada vez que lo recordase. Que no pudiese descansar, ni comer, ni proseguir con su vida, justo como le pasó a él.
Acto seguido, apuntó a su propia cabeza y ni dudó. No cabía en su alma destrozada, la culpa de haber destrozado otra.
Firulais
Laura, la madre de Luis lleva tiempo queriendo contarle algo a su hijo, pero nunca encuentra el momento y tampoco sabe por dónde empezar. Hasta que decide, ella tan cobarde cómo siempre, contárselo en una carta. Sale de casa y se dirige a la papelería de su pueblo. Compra un sobre, un boli, un sello y unos cuantos folios. Vuelve a casa y comienza a escribir. Empieza la carta con un: Querido hijo mío, tengo algo que contarte que llevo unos cuantos años queriendo decirte pero no sé cómo así que aquí va. Pasó el tiempo y seguía escribiendo y escribiendo, llenando las hojas con tristes y profundas palabras. Al ponerse el sol, llorando pero satisfecha de haber terminado por fin, se dirige al buzón de la plaza decidida a echar la carta pero, hay algo que la está echando atrás. Teme que al leer su hijo la carta se enfade y la eche de su vida por completo, y esta vez de verdad. Pero en el fondo sabe que es hora de que se entere así que hecha la carta y se va de vuelta a casa. Pasan semanas y meses y es cuando Laura ya está segura de que la carta le ha tenido que haber llegado, pero cómo no recibe respuesta, tampoco es que esperara una, está preocupada y ansiosa por saber qué está pensando su hijo. Claro que lo que ella no sabe es que... la carta que dejó en el buzón recorrió su camino hasta llegar al buzón de un casa en la que esperó unos días hasta que su destinataria/o recogió el sobre y lo subió a la casa donde fue leída mientras las manos temblorosas sujetaban el papel recién desplegado. Un último temblor y solo quedó una carta tirada sobre la mesa de la que sale una línea que corre la ciudad hasta llegar al barco en el que corre por las planchas de la cubierta de primera clase y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola...
De repente suena un fuerte golpe seco que deja asombrados al resto de vecinos del edificio, que al parecer lo oyen. Preocupados se dirigen al origen del ruido mientras llaman al 911. Llaman y llaman a la puerta hasta que ven que nadie contesta y es entonces cuando decide uno tirar la puerta abajo. Entran asombrados y se quedan sin palabras. Un hombre tirado en el suelo con un disparo sobre un gran charco de sangre y al lado una carta abierta sobre su mano.
Appleone
Gotas, muchas gotas, de sangre inocente cayendo por el arma usada, de agua pura cayendo por el rostro de un hombre desganado. No era justo, pero lo había hecho. No era un acto humano, pero él ya no se reconocía. Solo veía aquel día, en el que sin piedad le quitaron todo lo que él tenía, todo lo que él amaba. Desde que ella se fue su vida dejó de tener sentido. Sin embargo, el responsable no se merecía morir. Se merecía que le arrebatara lo que más quería, a su pequeña hija, y sufrir. Sufrir cada uno de sus días hasta su último. Que su pecho ardiese de dolor cada vez que lo recordase. Que no pudiese descansar, ni comer, ni proseguir con su vida, justo como le pasó a él.
Acto seguido, apuntó a su propia cabeza y ni dudó. No cabía en su alma destrozada, la culpa de haber destrozado otra.
De repente suena un fuerte golpe seco que deja asombrados al resto de vecinos del edificio, que al parecer lo oyen. Preocupados se dirigen al origen del ruido mientras llaman al 911. Llaman y llaman a la puerta hasta que ven que nadie contesta y es entonces cuando decide uno tirar la puerta abajo. Entran asombrados y se quedan sin palabras. Un hombre tirado en el suelo con un disparo sobre un gran charco de sangre y al lado una carta abierta sobre su mano.
3º ESO
Concurso Nacional de Microrrelatos sobre el BULLYING, dirigido al alumnado de ESO.
Los participantes pueden enviar sus microrrelatos a partir del 1 de diciembre de 2020. El plazo de entrega finaliza a las 23.59 h del 31 de marzo de 2021¿POR QUÉ?
Leire Bernardino Sancho
La gran decisión
María Lestau
Todo empezó el siete de septiembre, mi primer día de clase en el instituto. Desde siempre me ha costado hacer amigas, soy una persona un tanto introvertida y no solía encajar en ningún grupo como todas las demás. Pasaron algunas semanas y un día, harta de sentirme totalmente invisible, intenté acercarme a un grupo de chicas, aquella fue probablemente la peor decisión de mi vida, desde entonces mis días en aquel instituto se volvieron mi peor pesadilla, me seguían hasta casa para acorralarme y pegarme. Sentía que no podía hacer nada al respecto y no me veía con la capacidad de continuar con esa vida. Ahí estaba yo, al borde de ese alto edificio preguntándome si realmente me merecía la pena saltar y acabar con todo aquello que me estaba rompiendo por dentro. Claro que , desde esa altura, las cosas tomaron otra perspectiva.
Diferente:
Alberto R.V.
Me despierto. Estoy ahogándome en un vacío interminable. Necesito ayuda, pero ¿a quién acudir?. Mientras pienso me ahogo. Sin pensar, ya con hábito, me levanto, me cepillo los dientes, desayuno, y voy al colegio. Entro. Esta corta paz no será larga. Ya vienen. Se me acelera el pulso. Corro. Me derriban. Corro. Llego a clase. Otra corta tregua. Todos, sospecho que incluso el profesor, se ríen de mí, ya que no comprenden que no soy como ellos (no tan estúpido, al menos). Odio mi vida, aunque supongo que será por no tener ninguna otra con la que compararla. Las personas en África viven peor que yo, aquí en España ¿o no?. Ya es la hora de volver a casa, aunque no sé ya si mi casa es peor que el colegio. Desde luego me pegan menos, pero mis padres se pelean siempre. Me duermo, esperando a que se repita el ciclo mañana.
Este relato es de una alumna de 1º de ESO (I. C.H.). No está en el Maker pero creo que que está muy bien escrito. Espero que siga escribiendo siempre.
Relato de valores sobre el bullying
Relato de valores sobre el bullying
Cristina era una niña con problemas psicológicos, los cuales tenía desde que perdió a sus padres en un accidente de tráfico cuando tenía 7 años. Desde entonces, sus abuelos cuidaron de ella, pero no lograron borrar el trauma que se le había quedado en la memoria. La niña estaba en segundo de primaria cuando sucedió la tragedia, y casi no pasó porque no asistió a los seis meses restantes que le quedaban de curso, ya que ni siquiera era capaz de levantarse de su cama.
Cuando regresó a su colegio, habían cambiado los métodos de educación y entraron muchos profesores nuevos. Cristina estaba muy asustada por las novedades y temía lo que podía pasar. Desde la muerte de sus padres se asustaba con frecuencia, y hasta había cogido miedo a los coches.
Sus compañeros la miraron con sorpresa y extrañeza; pero Cristina no encontró nada raro, ya que se estaba fijando en la mujer que le habían dicho que era su tutora, la señorita Bones. Le pareció una mujer muy distraída; cuando estaba hablando con el director a veces parecía que se ponía a pensar en otra cosa, y el hombre tenía que sacudirla un poco para llamar su atención. Vestía una camiseta blanca y una falda que le llegaba hasta las rodillas, la cual la sujetaba una lazada perfecta. Cuando se movía, su despeinado cabello castaño se desplazaba hacia su rostro ocultándolo ligeramente.
Cuando sonó el timbre, la mujer se giró hacia la sección donde estaba su clase. Cristina estaba al final de la fila india que se había formado jugando con un par de piedras. Estaba reproduciendo el accidente automovilístico; iba a coger una tercera piedra cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo; se sorprendió y tiró las piedras, que producieron un ruido sordo al dar contra el suelo. Recordaba un día hace dos años en el que en clase habían traído a un músico que les mostró todo tipo de instrumentos. Había sido bonito.
Se sobresaltó cuando sintió una mano en su hombro; se giró y era su tutora, que la miraba con una extraña expresión en su rostro. Asustada, Cristina pensó que la iban a regañar, pero no fue así.
-Eres Cristina, ¿verdad?- la niña asintió- sé que tienes un problema psicológico, pero te pido que cuando la fila se mueva tú también lo hagas, ¿vale?
-Lo siento maestra- la señorita Bones sonrió.
-Venga, a clase
El día terminó nublado, así que la profesora no dejó salir a los niños hasta que vieran a sus familias, por si se ponía a llover. Antes de que Cristina pudiera hacer un hueco para mirar por la ventana, vio que dos niñas, Sofía y Carla, la miraban como si acabara de salir de una alcantarilla particularmente sucia. Ella, algo avergonzada, se miró por si se le había quedado alguna mancha en la ropa, o algo así, pero estaba tan impecable como siempre. Fijó su vista en sus bailarinas y esperó a que la maestra la avisara para irse, hasta que fue la única que quedaba aparte de otro chico de su clase, Tony, que, a pesar de tener muchas cosas en común con él, no se hablaban mucho. Como las primeras gotas empezaban a caer desde el cielo y empezaban a mojarlo todo, colgaron un cartel improvisado en el que avisaban a las familias que llegaban a entrar al auditorio, el cual era muy grande y la entrada se encontraba accesible. Los alumnos que quedaban se dirigieron hacia la sala y señalaron a sus familias, quienes les esperaban impacientes. Entonces, cuando llegó la familia de un alumno de 5º, Tony habló:
-Vaya, qué paraguas tan llamativo lleva esa señora
-Bueno, tendrá que protegerse con algo, ¿no?- inquirió Cristina.
-Yo nunca he dicho que lo tenga prohibido…
-Pues vale -soltó Cristina fría. El chico la miró un segundo detenidamente y se dio la vuelta como si hubiera visto a su familia, pero la verdad era que no quería seguir participando en una escena tan incómoda e impersonal. Cristina dirigió sus ojos a la puerta, donde miró sin ver que sus abuelos ya habían llegado y la saludaban.
Anne Blacksmith
Candela Busto
Esta es la historia sobre la vida de Anne, una niña que no lo tuvo muy fácil durante su infancia a pesar de que tenía amigos y solía ser muy amigable con todo el mundo, (bueno casi todo). Pero las cosas cambiaron cuando se dieron cuenta de que Anne se sentía como una mujer, y dirás: pero si ya era una mujer, sí, sí que lo era pero tal vez de más joven no lo parecía
Andy era el nombre que sus padres le habían puesto, pero él no se sentía cómodo llamándose así. Déjame contarte esta historia y a lo mejor te das cuenta de una o dos cosillas.
Era un día como cualquier otro Andy se dirigía al colegio un poco nervioso ya que tenía un examen. Cuando llegó a clase se sentó y dejó su mochila al lado de la mesa:
-Buenos días Anne-dijo un chico que se sentaba cerca de él
-Hola…-le contestó.
-Suerte
-Igualmente -respondió amablemente Andy
-¿Te gustaría venir a jugar al football con nosotros esta tarde?
-¡Ohhh!,lo siento no puedo
-¿Por qué no?
-No me gusta el football, pero si quieres os puedo ver, desde la ventana de mi casa se ve el parque.
-¿Y qué vas a hacer dibujarnos?
-Pues tal vez-dijo. Pasó un hora que a Andy se le hizo muy larga debido al examen. Después le preguntó a su mejor amiga Sophie qué tal le había ido.
Después de las dos últimas clases que habían tenido antes de comer, el mismo chico que antes le había propuesto ir con él a jugar el fútbol apareció:
-Andy-dijo
-Sí…-respondió él.
-¿Sabes qué?...las chicas suelen pintar más y los chicos jugar al football ¿no?-
-No tiene porqué-
-Bueno...eso es lo que hace un…-dijo y Andy sintió un escalofrío por todo su cuerpo
-¿Un?-dijo Sophie-un qué, ehhh?
-Un nada...sí Andy tú dibújanos-
-Está bien…-dijo ella un poco enfadada
-Estás bien amigo?-dijo Sophie
-Sí creo que ya me iré a casa-
-Vale...adiós-
-Adiós!-
Andy llegó a su casa bastante preocupado y si aquel chico sabía que él se sentía como una chica...todos se burlaban de él.
Al día siguiente Anne se levantó y se preparó para ir al colegio, una vez llegó se encontró con el mismo chico pero esta vez en vez de hablar con él paró a Andy de golpe:
-No pasará nada si me cuentas qué te pasa?-
-No me pasa nada-dijo Andy asustado
-Pues claro que sí...eres un bicho raro-
-¡Qué! ¡por qué?-
-Porque eres como una chica-dijo el chico con cara de asco.
-No te entiendo-trató de decir Andy con una voz más masculina
-No pasa nada, se lo diré a tu madre y te llevará al médico-.
-Que yo sepa ser homosexual no es ninguna enfermedad.-
-Pues claro que lo es, ahora vas a venir a jugar conmigo al football te guste o no -dijo en un tono amenazante.
Andy caminó hacia clase asustado y muy inseguro…... debía decírselo a sus padres o a Sophi ¡o a alguien!
El día pasó no hubo señal del chico así que Andy aprovechó para correr a su casa y librarse del football, llegó a su casa muy cansado de correr y su madre le preguntó:
-¡Vaya! síi que tenías prisa por llegar a casa ¿eh Andy?-
-Sí mamá...ehhh ¿puedo decirte algo?-
-Sí lo que sea.-
Anne pensó en decirle a su madre que se sentía como una chica, así que se llenó de valor y dijo:
-Por favor no te enfades…-
-No...no por supuesto que no…-
-Yo...yo…...¡voy a jugar al football con unos amigos!-
-¿Qué? ahhh vale, ¡adiós cariño!-Anne salió por la puerta corriendo y llegó al parque donde no había nadie, se subió a un árbol y empezó a dibujar el campo, pasó un hora luego tres, luego 4, Anne se bajó del árbol y emprendió camino a su casa, estaba triste tal vez podría haber hecho amigos allí, pero nadie fue...
Cuando llegó a su casa entró en su cuarto y se tiró a la cama, se quedó allí unos diez minutos y luego cogió su cuaderno y se puso a dibujar.
Las semanas seguían pasando y aquel chico cuyo nombre era Louis, había seguido molestando a Anne con el mismo tema, Sophi le decía que pasara de ellos,pero no era tan fácil si te encontrabas notitas que dicen *&*&%*&*,lazos en tu mesa, maquillaje en la mochila, cada vez que quería ir al baño en el espejo había repetidas veces mensajes como "¿cuándo vas a llevar falda Anita?”,”¿por qué no vas de rosa,*&*&%*&*…”
Anne se sentía cada vez peor,y no se sentía capaz de decírselo a nadie, no le agredieron físicamente así que tal vez no era tan grave…... pero sabía que tarde o temprano sus padres se enterarían o que Llouis le amenazaría con que si se lo decía le haría la vida imposible. T,tampoco le contaba a Sophie todo, solo que una vez o dos le habían dicho *&*&%*&* lo cual era mentira. Pero Sophie no era tonta y se había dado cuenta de que algo pasaba así que decidió ir a casa de Anne y hablar con sus padres. Les contó que a Anne (Andy) le estaba pasando algo ya que no era el mismo de antes y la mentira que le había dicho su amigo, cuando Anne llegó a casa sus padres le preguntaron si estaba todo bien y él respondió:
-No...no lo esta-
-Y ¿qué ocurre?-
-Yo...por favor no os enfadéis-
-No nos vamos a enfadar, te vamos a ayudar-
-Bueno yo...no me siento como un chico-dijo-me siento más una chica…-
-eso no tiene nada de malo Andy-dijo su madre
-No Andy…-dijo insegura-Aanne...me gustaría llamarme Anne…-
-Vale Anne…-dijo el padre-¿eso es todo?-dijo sonriendo
-No...en el colegio...bueno un niño llamado Louis…-
-¿qué le pasa?-dijo su madre
-Aa el nada...más bien a mi-dijo Anne-me trata mal por querer ser una chica-
-Tú no quieres ser una chica…-dijo la madre-tu ya eres una chica
-Sí amor..-dijo el padre-y ahora mismo voy a hablar con tu colegio-dijo, mientras su madre le cogía de la mano.
Al día siguiente Louis parecía más tranquilo y la directora lo llamo a dirección. Todo parecía ir a mejor y Anne ya se vestía como ella quería y se hacía trenzas y ya no tenía miedo de lo que los demás pensaran...desde que habló con sus padres todo había ido a mejor, iba a clases de pintura y era extraordinariamente habilidosa, a pesar de que necesitó un empujoncito para solucionarlo, había conseguido ser ella misma y había aprendido que no pasa nada por pedir ayuda alguna vez y yo lo sé bien porque me conozco perfectamente, esta historia incluso yo la viví y es algo que no se olvida, por eso escribí esta historia sobre mí , Anne Blacksmith.
Concurso El Principito
El principito-Inés Rescalvo
El principito. Yo creía que solo era un cuento hasta que el príncipito apareció en mi ventana una noche.
Estaba confinada. Apartada de mis amigos, compañeros y parientes de manera temporal. Pero el libro del principito me ayudó bastante a sobrellevar los momentos difíciles pues Antoine de Saint-Exupéry también estuvo solo en una situación parecida a la mía al estrellarse en medio de ese desierto en el que se le apareció el principito, igual que a mí.
Esperó hasta que me desperté y dijo:
—Tranquila no te haré nada.
—¿Tú eres el príncipito, no?
—Si soy yo
—¿Y qué… haces… aquí? —pregunte con miedo.
—Pues vengo a ayudarte como hice con Antoine de Saint-Exupéry, cuando…
—…Se estrelló en el desierto —dije interrupiéndole
—¿Cóomo sabes eso?
—Pues porque he leído tu libro —le contesté, pero al ver su cara dije:
—¿No sabes que existe un libro sobre ti, verdad?
—¿Y porque iba a saber yo eso?
Saqué el libro de la estantería y le enseñé mis partes favoritas. Después de un rato salió el sol y me puse triste al pensar en invitar al Principito a salir fuera y caer en que estábamos confinados. Él se dio cuenta y tuve que explicarle lo del confinamiento y el Covid.
—Eso de la cuarentena no llega a mi planeta—dijo sonriendo.
—¿Y…?
—¿Que si quieres venir a mi planeta?
—¡Qué pregunta es esa!— dijo. De repente, todo desaparece debajo de mis pies y en vez de estar mi cama, debajo de mí hay un suelo de aspecto rocoso.
—¿Te gusta?
No sé qué decir, después de estar tanto tiempo encerrada en casa, estar en un mundo imaginado en los momentos de soledad me había paralizado.
—Ven — me dijo en ese momento extendiendo su mano.
Empecé a correr, después de tanto tiempo en casa me sentía libre. Un rato más tarde el Principito me pidió que le siguiese y lo hice. Me llevó a un sitio estupendo lleno de colores que no conocía del cuento.
—¿Dónde estamos?
—En un sitio mágico
—Eso ya lo sé— y los dos nos reímos.
Seguimos un rato hasta llegar a una cueva, entramos y de repente salió un tigre supergrande de colores chillé e intenté correr pero el principe me paró.
—¡¿QUÉ HACES?!— le grito — nos comerá enteros.
—No nos va a hacer nada, esta es Morgana— al decir esto el tigre bajó la cabeza de modo elegante y dijo:
—Y tú eres Ainora
—¿Cómo lo sabes?
—Te he estado siguiendo ya varios años y sé que eres más especial de lo que piensas pequeña
—¿Especial, qué tipo de especial?
Un tipo de especial que solo salen en libros.
Se tumbó, me monte en su espalda y empezó acorrer.
—¿Qué haces?— le grite al Principito
—El resto del viaje te acompañará Morgana
—¿Qué viaje? ¿Y por qué no vienes? —no me contestó y me alejé con la tigresa. Llegamos a un árbol.
—Es precioso— dije
—Mejor dicho: mágico—dijo morgana. Rodeamos el árbol y vimos una puerta.
Morgana le dio con la pata y la abrió. Dentro había muchos animales de colores como Morgana.
—Bienvenida Ainora— dijo un lince
—¿Por qué todo el mundo sabe mi nombre?
—Porque eres especial— dijo un águila que aterrizaba al lado del lince
— Yo soy Hela, esa es Odin— señalando a un lémur— ese de allí es Nott— señalando ahora a un jaguar.
—Tienes un rol muy importante en este mundo, Ainora
—Qué rol?
—Tienes que adoptar un animal mágico como nosotros que te pueda contar todo—me explico Nott.
—¿Por qué no me lo podéis contar vosotros?
—Pues porque lo tenemos prohibido, porque no somos los adecuados para contártelo.
Todavía montada en Morgana pasamos a otras habitaciones hasta llegar a unas puertas de plata con muchos cerrojos que brillaban de una panera que no podría explicar.
—Aquí encontraras millones de animales mágicos— dijo Morgana
—¿Cuál de ellos puedo elegir?—
—El que quieras— dijo Odin
Un lobo saltó enfrente de mí y flipo. Era preciosísimo, se empezó a acercar a mi y estiré la mano para tocarlo y al rozar su suave pelaje sentí un tipo de electricidad surgir por mi cuerpo y sabía que este era el que había elegido.
— Hola ¿te tengo que poner un nombre o ya lo tienes?—
— Me lo pones tú ahora— dijo el lobo
— Tienes cara de Kira, ¿te gusta?—
—Me encanta.
—Me han dicho que me tienes que explicar que está pasando y por qué estoy aquí— le dije a Kira
— Si pequeña— me explica Kira— estás aquí para resolver unos conflictos que ha estado habiendo en las montañas de picos.
*En este punto, salí corriendo del árbol gritando el nombre del Principito para que me volviese a llevar a mi habitación, era preferible estar confinada.
El principito y la cuarentena-Daniela de Toro
Érase una vez una niña de 12 años llamada Alicia que estaba confinada en su casa por
un virus que estaba afectando a mucha gente. Estaba sola con su hermana de 20 años.
Un día, al terminar sus clases virtuales llegó volando un avión de papel por su ventana.
Alicia recogió el papel y vio que en él, había escrita una extraña historia con unos
peculiares dibujos en él.
Miró a través de su ventana y vio una bandada de pájaros a la cual perseguía un
pequeño niño de unos 10 años más o menos. Llevaba un sweater verde botella, unos
pantalones verde esmeralda y una bufanda amarilla. La niña no hizo caso. Le lanzó de
vuelta el avión, cerró la persiana, y continuó estudiando.
Pasaron unos minutos y empezó a oír la risa del niño. La risa la incordiaba y a la vez le
daba placer. Decidió ponerse su mascarilla y su abrigo y bajar a ver qué ocurría.
Aparentemente, estaba jugando con un pequeño perro abandonado de pelo rojizo que
rondaba siempre por las calles. Alicia le dijo:
—Disculpa, estoy estudiando y agradecería que permanecieras en silencio, y que te
pusieras una mascarilla. ¡Suelta a ese perro, que te va a morder y aparte de corona te va
a dar la rabia!
El niño se sorprendió y en su cara apareció una linda sonrisa.
—De qué… ¿de qué te ríes?— dijo Alicia, bastante sorprendida.
—Es que verás… ¡Este perro es mío! Además, no es un perro, sino un zorro — Dijo el
extraño niño.
—GRACIAS POR presentarme CORRECTAMENTE ya decía yo que de tanto que nos
conocemos, de repente me llamas de PERRO— dijo el zorro.
—¿Q—que…?—Dijo Alicia, bastante desconcertada.
—Nada, nada, tú déjale que hoy se ha levantado con el pie izquierdo y está un pelín
cascarrabias. Por cierto, me llamo Víctor, pero para los amigos, soy ¡El Principito!—
Alicia estaba muy sorprendida y se decía a sí misma «Tranquila, esto es todo un sueño,
no es real, si te pellizcas dejarás de soñar y esta locura se acabará…»
—Disculpa, ¿podrías pellizcarme?
—Vaya… otra que cree que está soñando… Voy a tener que trabajar muy duro si quiero
hacer que crea… Pensó el Principito.
—¡Claro!—
La pellizcó y… nada. Nada pasó. Bueno… excepto el pequeño gritito que soltó Alicia.
—Ay ay ay ay, ¿te he hecho daño?— Dijo él.
—No, que va… solo ha sido la impresión, pero nada más.
De repente, la bandada de pájaros que antes perseguía el Principito bajó al suelo. Alicia
se fijó en que, justo en el cuello, tenían unos collares de plata, como los que se usan
para los perros.
El Principito les puso unos hilos alrededor del cuello, donde los collares, que no
parecían muy resistentes.
—Venga, dame la mano— Dijo el Principito —¡¿Q—QUE?!— Gritó Alicia —Sip, nos
vamos— —N—nos..?— Alicia estaba muy desconcertda —QUE SIIII, QUE TE VIENES
CONMIGO— —P—pero…— —NI PERO NI PERA NI TRES CHINGOS, TE VIENES O
TE VIENES, PUNTO—
El Principito la agarró de la mano y la bandada alzó el vuelo. —¡ESTÁS LOCO!— Gritó
Alicia. —Si. ¿Pero sabes qué? Las mejores personas lo están.— Dijo él. Esto dejó a Alicia
pensando un buen rato. A decir verdad, ese niño era muy sabio. Pronto, atravesaron la
atmósefra. —¡¡¡¡VAMOS A MORIR!!!!— Gritó ella —Tranquila, tranquila, no va a pasar
nada…— —B—bueno…—
Y de ahí comenzaron a viajar por el espacio. Alicia vio muchas cosas que no conocía. El
asteroide B—325, 326, 327, 328… y el B—612. Ese era el planeta en el que vivía el
Principito, estaba infestado de baobabs. —Te he traído aquí para que me ayudes— Dijo
él. —Ammm… ¿En que se supone que debería de ayudarte?— preguntó Alicia. —En
arrancar los baobabs. Vamos, coje una pala.— Dijo el Principito, como si lo que hubiera
dicho fuera obvio.
Alicia decidió no quejarse. Cogió una pala y decidió no quejarse. Ella, él y el zorro,
acabaron al atardecer.
—Vaya… Menudo trabajo que hemos hecho…
— Suspiró Alicia, que no podía no con su alma.
—Si… Nos hemos esforzado mucho…Me lo he pasado muy bien contigo… Pero creo que
tienes que irte ya…— Dijo el Principito, algo triste.
—¡¿Q—QUE?! ¡¡YO NO QUIERO IRME!!— Alicia estalló en llanto.
—P—por favor… no quiero…— A Alicia se le rompió el corazón.
El principito en la Tierra-Candela Rubinos
Aquel día, como todos los anteriores, el Principito estaba mirando las estrellas y como siempre se acordó de su querido piloto, aquel viejo amigo al que tanto quería. Entre la nostalgia se le ocurrió una idea, viajar a la Tierra para encontrar personas como aquel bondadoso piloto. Pero el Principito no llegó en un buen momento… ¡En la Tierra había una pandemia mundial!
Al aterrizar, con ayuda de sus amigables pájaros, no vio a nadie. Todas las calles, los restaurantes, los parques, estaban vacíos. El Principito no entendía dónde estaban las personas. Él recordaba las ciudades con gente, ajetreada, con mucho bullicio, claro que no sabía nada del confinamiento ni del Covid 19. Extrañado, se dirigió a una casa cualquiera, la puerta estaba abierta, tenía suerte, entró sin saber qué se encontraría.
—¡¡¡Ahhh!!! —gritó una niña. El Principito se asustó, pero en vez de gritar la miró con curiosidad. Ella tenía el pelo liso y marrón como la corteza de un árbol, recogido en una alta coleta, en cambio, sus ojos eran dorados como el Sol. Era muy delgada pero bajita, su piel era muy clara, como la nieve.
La niña atemorizada balbuceó:
—¿Quién eres ?
El Principito respondió:
—Soy el Principito ¿y Tú?
—Lo siento —dijo la niña— pero no puedo hablar con desconocidos y menos con alguien que ha entrado en mi casa sin permiso y en época de Covid.
El Principito extrañado dijo:
—Pero no soy un extraño, soy el Principito, además ¿qué es el Covid?
—¡Pero tú en qué mundo vives! —exclamó la niña—. ¿Coronavirus, pandemia mundial, confinamiento, no te suena ?
El Principito contestó:
—No. Por cierto, soy del asteroide 3251, de todas formas ¿cómo te llamas?
La niña no muy convencida de la certeza de sus palabras dijo:
—Soy Ada pero sin hache, ni...
—¡¡¡Ada... a comer!!! —exclamó una voz desconocida para el Principito. Ada se asustó, era su madre, y si veía al Principito se enfadaría, así que empujó al Principito hacia el garaje y rápidamente fue a la cocina para que sus padres no sospecharan nada.
Qué persona tan extraña pensó ella, pero le había caído bien, esperaba que sus padres no le encontraran…
Al acabar de comer Ada fue al garaje y encontró al Principito jugando con un antiguo peluche suyo.
—Hola, te he traído un bocadillo de jamón y queso ¿Te gusta? —preguntó Ada.
—Sí, muchas gracias. Por cierto ¿Cómo se llama este peluche? Me recuerda a mi querido Zorro, los mismos ojos negros y el mismo pelaje rojizo.
—Se llama Iris, me lo regalaron al nacer, me lleva acompañando 12 años, pero lo había perdido, ¿Dónde estaba?
—Metido en una caja con otros juguetes, pero Iris me llamó la atención y lo cogí —respondió el Principito orgulloso de haber encontrado una reliquia para su nueva amiga.
—Muchas gracias, llevaba tiempo buscándolo pero no se me había ocurrido mirar aquí,contestó Ada.
—Aún tengo muchas preguntas,¿podrías responderme? preguntó él
—Claro, ¿sobre qué? respondió ella
—Pues…¿Porque estáis encerrados en casa? consultó el Principito
—Ahora mismo hay un virus que no sabemos muy bien cómo funciona y está matando a miles de personas en todo el mundo y para evitar contagiarnos nos tenemos que quedar en nuestras casas, afirmó su amiga.
—Es muy aburrido pero estoy aprendiendo a cocinar y a tocar el violín, es muy difícil pero en Internet hay muchos tutoriales, declaró Ada.
—Ahhh y ¿tu familia está bien?consultó el Principito con precaución.
—Bueno, mi abuela está en el hospital —tartamudeó Ada a punto de echarse a llorar.
—Lo siento mucho, seguro que se va a poner bien aseguró el Principito sin saber muy bien qué decir
Al final no pudo aguantarse las lágrimas y empezó a llorar desconsoladamente.
—No te preocupes dijo él
Poco a poco Ada se fue calmando e indicó: bueno sigue preguntando que me he puesto a llorar y no he contestado a tus preguntas.
—No no no hace falta tranquila respondió él
—No importa, además eso me entretendrá aseguró ella
—Vale,¿tú tienes el covid? indagó su amigo
—No, no te preocupes si no, tendría síntomas, bueno mis padres
—¿Los niños no tienen síntomas? preguntó el Principito
—La mayoría no, pero no se sabe por qué contestó Ada
—Ah vale no tengo más preguntas afirmó él
—Yo sí para ti, ¿vives solo? indagó ella
—No vivo con mi rosa dijo el Principito
—¿Tú rosa?
—Sí,
¿Ada estás aquí? ¿Con quién hablas?¿Quién es ese? preguntó su padre
—Con el principito —contestó Ada con precaución.
--¿El principito? ¿¡Está aquí!? — exclamó su padre.
¡¿Lo conoces?!
—Sí, me conoce, fuimos amigos hace mucho tiempo. Es mi amigo el piloto ¿No lo sabías? —se extrañó el Principito.
—¿Papá, es verdad?— preguntó Ada.
—Sí, nos conocimos en un desierto y nos hicimos amigos. De todas formas ¿Cómo has llegado hasta aquí Principito?
—Te echaba de menos, entonces con mis pájaros vine hasta aquí, entré de casualidad a tu casa y conocí a Ada. Se parece mucho a ti, no sabía a quién me recordaba pero ahora que te veo sois iguales.
Recuerdo...-Noa Egido
Cuanto más se acercaba, más recuerdos volaban por su cabeza.
Recuerdo..., recuerdo..., recuerdo al señor que cayó del cielo y cómo cada vez que yo
hablaba sus ojos se llenaban de estrellas y chispas, recuerdo la sensación de no estar
solo completamente, recuerdo la arena, el Zorro, el agua y el viento.
Le llamaba la atención que, desde las estrellas, se oía una voz muy peculiar que,
según sus pequeñas y frías orejas, provenía del tejado naranja. Solo pensaba en esa
penetrante voz que cada vez se mezclaba más y más con su sentir y su pensar.
Entró por la ventana y levitando cruzó las escaleras. Un vapor de lavanda salió de una
de las puertas de aquel pasillo. Miró dentro y vio a una niña peinando su pelo con los
dedos y adornándolo con flores color naranja mientras canturreaba. El Principito la
observaba totalmente encantado, sin desearlo una sonrisa apareció en su boca.
—Hola —dijo el Principito. La niña saltó de un susto, miró de arriba abajo y por un
momento se alegró de verle al hablarle las palabras bailaron en su boca:
—¡No debes estar aquí! —El Principito sorprendido ladeó la cabeza,
—Lo siento, debí haberme presentado, soy el Principito. Debo admitir que viajé
enamorado de tu canto, esa es la razón por la que estoy aquí.
—Ya sé quién eres, pero no puedes estar en este planeta, debes marcharte...
—No entiendo… vengo a por tu voz, se la regalaré a mi rosa. Ven conmigo a mi
planeta y canta para ella.
—¿Tu rosa? ¿Quién es ella? No iré contigo, tú te marcharas —exigió la muchacha.
—No pienso marcharme hasta que accedas a viajar a mi lado, así que contéstame,
¿por qué no debo quedarme?
—No es seguro para ti, ¡la Tierra sufre una catástrofe Principito! La Covid—19 —dijo
ella poniendo una voz tan dramática, que el chico casi se ríe.
—Es una enfermedad grave príncipe, más bien un virus, que se llevó a mi abuelito.
¿Le recuerdas?
La niña tiró de una cuerdita que colgaba del techo a la que casi no llegaba.
Entonces una puertecilla se abrió dejando caer una escalerita, la niña subió y el
príncipe detrás de ella. Encendió una lucecita que iluminó un cuarto olor madera
mojada que, además de cajas, tenía una gran cantidad de cuadros y fotos.
—Este era su estudio, aquí se preparaba para ser piloto. Le encantaba dibujar, sobre
todo desde que te encontró. Hace 3 meses murió. Ya era muy mayor… Pero por esa
razón no debes quedarte. Tú eres lo único que me queda de él.
—Por el camino encontraré la cura —volvió a insistir y esta vez la agarró de la
muñeca, parecía tener prisa.
—Iré contigo si me prometes una cosa: quiero un palo rojo y plano.
—De acuerdo.
Mientras le agarraba fuerte de la mano, el Principito y ella empezaron a volar y
volar. Cada vez la Tierra era más pequeña y el entorno más frío y solitario.
Entonces, en la oscuridad, se encendió una pequeña luz.
—Esa es nuestra parada. Ahí está la cura. Dormiremos ahí y a la mañana siguiente
marcharemos con mi rosa, estarás en tu casa por la tarde.
Llegaron al pequeño planeta de líneas doradas: En verdad, la niña se imaginaba una
especie de aguja gigante o algo así, pero solo había un vaso encima de una mesa
ocre lo demás era tan solo parte del planeta.
—Este vaso es muy pequeño para curar a todo el planeta —dijo ella mirando el vaso
con desprecio.
—Bébetelo
La niña se bebió el vaso y se durmió. A la mañana marcharon, parecía como si solo
hubiesen dormido dos horas.
Fue un viaje corto. Nada más volar unos cuantos minutos, pasó otra vez: una luz se
encendió. Para la niña era una luz, como cualquier otra luz, pero para el Principito era
su luz, como ninguna otra luz.
El Principito, velozmente, flotó rápidamente hasta que el punto de luz se volvió un
precioso planeta en el que habitaba una rosa, color rojo, y muy vivo, con un tallo alto, y
muy verde y con un bello rostro, el más bello. El Principito se sentó y olió su rosa.
—Ahora canta, por favor.
La niña, casi sin pensarlo, abrió su pequeña boca y comenzó a cantar. Su voz era
igual a ver caer un pétalo blanco en el agua. No hacía falta música. Sus se palabras
daban la mano y cada una bailaba con el silencio de aquel lugar. Mientras cantaba,
miles de hilos de luz salieron de su voz y se esparcieron hasta llegar a la Tierra.
Y de los rojos pétalos de la bella rosa creció un palo rojo y plano.
— ¿Qué es lo que me he bebido príncipe? ¿Qué ha regalado mi voz a la Tierra?
¿Es la medicina lo que he desprendido?
—No, no has cantado medicina, has cantado conciencia, no hay mejor cura. Y ahora
toma el palo.
La niña agarró el palo y antes de que pudiera decir gracias, abrió los ojos. Tenía el
pelo mojado y un cepillo en la mano, estaba en el suelo del baño. Quizá se había
desmayado por el calor del vapor. No, no era un sueño, era verdad. Se levantó y
encima del Bidé se encontraba el palo, el palo rojo y plano. Subió las escaleras al
desván y colocó el palo rojo y plano en un agujerito de una maqueta de un avión rojo.
Tenía un piloto en miniatura y una chapita dorada con el dibujo de una caja con un
cordero
Nunca pensé- Adriana Cáliz
«Nunca pensé que al escribir su gran obra, el Sr. Saint—Exupéry hablase en
serio. No creo que nadie se lo imagine hoy en día, pero, yo... yo lo viví.
Les contaré cómo sucedió todo.
Yo tenía 14 añitos, y era la más popular de 2º de la ESO, o lo había sido, hasta
antes de la pandemia. Mi madre me había acostado esa noche, hacía frío y me
puse mi pijama más gordo. Todavía me acuerdo de él, con estrellitas y lunas.
Tenía el mejor teléfono del mercado por entonces, hoy en día se consideraría
un objeto de coleccionista. Esa noche estuve hablando con mis amigos por
Snapchat y Twiteé un par de cosas. Snapchat y Twitter, aplicaciones. Ahora
todo está en vuestras cabezas, pero antes, estaban en la nube. No
entenderíais qué era aunque os lo explicase mil veces. También me enteré de
que habíamos llegado a los 300.000 muertos por el virus. «Casi medio millón»
Pensé. Después de eso puse la alarma a las 8.30h para el día siguiente, y
cerré mis ojos tratando de no centrarme en la cifra… «300.000, 300.000,
300.000…»
Debían de ser las 3.30h de la madrugada del día siguiente cuando comencé a
escuchar unos extraños ruidos. No les presté mucha atención, seguramente
fuera la Señora Clementina abriendo su nevera a medianoche como de
costumbre. Pero se volvieron aún más extraños cuando empezaron a
percibirse desde mi ventana. Tuve que abrir los ojos, y recuerdo con el mismo
sobresalto el susto que me llevé al ver claramente al protagonista envejecido
de mi obra literaria favorita rogando entrar en mi casa.
Me acerqué a la puerta de mi habitación con miedo pretendiendo avisar a mis
padres, pero algo en su mirada me decía que no debía temerle. Estaba
confundida, pero auu así, me acerqué a la ventana silenciosamente, y le dejé
pasar.
El metal que rodeaba al cristal estaba frío. Frío. Sentí el mismo frío en mis
manos que cuando esperaba en el patio antes de entrar en clase.
Me miró fijamente: «Pequeña, no debes temerme. Aunque no lo sepas, lo
sientes, hazle caso a eso. He percibido que me has identificado. Estás en lo
cierto» Empecé a sentir un dolor de cabeza repentino. «Relájate, ya le pillarás
el truco» No entendía nada. «A lo largo de mis viajes comprendí el significado
de las estrellas. Estos últimos meses han aumentado. En cuanto acabe el ciclo
desaparecerán muchas. Y también tus preocupaciones» No había pronunciado
ni una sola palabra, pero de algún modo, le había oído. Sin que me diera
tiempo a preguntarle qué significaba todo lo que me había hecho interpretar, se
dirigió hacia la ventana, y desapareció.
Acabó el año, y en enero hubo un baby boom. En marzo desaparecieron todos
los casos de covid y este también, sin haberse dado la aparición de ninguna
vacuna.
Hoy, a mis 84 años de vida, lo comprendo todo. Cuando tome mi último aliento,
mirad al cielo, podréis verme volar por primera vez». Mi abuela era una
magnífica escritora, nunca se dedicó a ello, por desgracia. Este fue su único
escrito, es como si hubiera estado pensando en este relato durante toda su
vida y esperase a su último día para escribirlo.
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