4º Eso


El último pétalo

Camila

 Se cortejaban discretamente, ella tan risueña y él tan oscuro. Estaban enzarzados en un juego de tira y afloja que sabían que ninguno iba a ganar. Se dice que los polos opuestos se atraen pero nunca advirtieron que eran dos caras de la misma moneda. Mientras que ella, tan hermosa y serena, bailaba siguiendo al viento, él estaba presente, observándola a una distancia prudencial en la que no pudiera ser visto, pero había momentos en los que se acercaba y si ella le dejaba danzaba con ella, le hacía girar mientras que sus pies descalzos rozaban el césped, haciéndole cosquillas que le invitaban a quedarse. Con el tiempo cuando él no estaba ella echaba en falta su presencia, sentía que no podía seguir el ritmo sin él. Los pasos se hacían pesados, la hierba era más áspera y el viento ya no le resultaba agradable. Ahora era ella la que le llamaba, la que le rogaba que se quedase. Con él no bailaba mejor, pero se sentía cómoda en sus brazos. A veces era mejor que él la guiase a través de la melodía del viento, que ella tener que inventarse los pasos. Y poco a poco no se sabía quién era él ni quién era ella, solo se hablaba de una dulce flor a la que siempre le seguía una sombra.




La brisa 


Camila

La brisa de la ventana se sentía cercana después de días sin compañía, pero enseguida, un escalofrío me recorrió recordándome que había algo más frío que la soledad. Me senté en el poyete de la ventana y alargué la mano con la esperanza de llegar a la clavija y cerrarla, pero antes de que tuviese éxito, un destello dentro de mi habitación me distrajo de mi objetivo. De él surgió un muchacho de tez blanca, rubio y pequeñito. Sus vestimentas delataban que no era de aquí. Su evidente devoción por el color verde reflejaba su amabilidad y gentileza. Al ver que se acercaba me acordé de las nuevas normas.

 

—No puedes pasar, quitando el hecho de que eres un desconocido, estamos en una pandemia mundial —le dije al ver que no pretendía volverse atrás.

 

—No te preocupes Damie, en el sitio de dónde vengo el virus no existe. Pero de todas maneras debemos seguir el protocolo —dijo él con la mirada iluminada, como si se le hubiese ocurrido una idea fantástica.

Del bolsillo sacó una libreta y, como si de rutina se tratase, realizó unos trazos y en segundos tenía una mascarilla en la mano.

 

—¿Cómo has hecho eso? ¿Lo has dibujado y ha salido así de la nada?— pregunté yo a medio camino entre asustada y emocionada por lo que acababa de presenciar.

 

—No te asustes Dam, es una libreta mágica, dibujo objetos que necesite y aparecen. Me lo dio un viejo amigo hace tiempo —dijo como respuesta, así como si de pan se tratase.

Entonces se me encendió la bombilla.

 

—Y…¿Puedes sacar a personas?—En el momento en el que lo dije me di cuenta de lo ridículo que sonaba.

— Déjalo, de verdad, es una tontería.

—Nunca lo he probado, pero no creo. Lo que sí que puedo hacer es sacar animales —dijo sin juzgar mi necesidad de compañía. Viendo que se disponía a dibujar le corté.

—No, no, de verdad, mi madre cuando vuelva me mataría si ve un animal rondando por aquí.—dije a medio camino entre la tristeza y la risa.

—¿No están tus padres en casa?—preguntó extrañado.

—Mi padre está enfermo, así que mi madre y él están ahora casi siempre en el hospital, y para que no me ponga enferma prefieren no venir. La señora Linn viene a darme la comida por las mañanas, es la vecina y es muy maja, siempre me trae pastelitos.—sonreí recordando esa mermelada de frambuesa que pone encima de sus bollitos.

—Yo también he estado solo durante mucho tiempo, por eso me gusta viajar.—dijo sentándose en el bordillo de la ventana mirando hacia las estrellas.

—Pues lo siento mucho, de verdad. Llevo  solo dos semanas y mi único sueño es que todo acabe y vuelva a ser como antes -dije sin mirarle, con la vista fija en la luna y el cielo estrellado.

—No creo que ese sea tu sueño en verdad —dijo mirándome a la cara  y volviendo la vista a la ventana continuó — ¿Cuál era tu sueño antes de todo esto?— Suspiré, sinceramente, me costaba acordarme.

—Me gustaría viajar por todo el mundo y hacer un cambio. Concienciarme sobre realidades ajenas a mí y actuar en consecuencia. Después de ir a la universidad ahorraría durante un año, cogería todas mis pertenencias en una mochila y me iría por lo menos diez años a aprender lo que no te enseña una carrera sobre las personas, las calles y las sociedades del mundo — Él me sonrió y no sé si se estaba riendo de mí o le daba una pena muy grande.

—En verdad nos parecemos notablemente. Yo me sentía terriblemente solo y decidí viajar y conocerlo todo —De repente se le cambió la cara, se ve que se acordó algo — Pero pagué un precio muy grande, todos los día la echo de menos, ojalá pudiese traerla conmigo — Dijo con mucha tristeza.

 

Transcurrió un tiempo en silencio, no incómodo ni alterante, sino reflexivo. Ambos continuamos pensando en silencio sobre nuestros  sueños, acompañándonos en silencio.

 

—No creo que lo cumpla —dije después de un tiempo. Él me miró extrañado — Mi sueño digo, después de esto, no sería capaz de dejar a mis padres solos por tanto tiempo —añadí muy desanimada, no había pensado en esto hasta ahora.

—Hasta mis sueños me está quitando esta pandemia, eso es lo más triste.— añadí bastante molesta —después de esto todas nuestras vidas se verán alteradas, habrá un antes y un después y es muy injusto, toda nuestra generación va a tener que cambiar sus sueños por algo que no se puede cambiar.— Susurre sollozando. Él se giró y me respondió. No pensaba que lo hiciera.

—Vuestro valor de la vida ha cambiado. Pensabais que la vida duraba para siempre, que la muerte es muy lejana o incluso aleatoria. Ahora viviréis contando los minutos, sabiendo que el tiempo es limitado y aprovechando cada día que vivís, porque ahora la gente no tiene la certeza de que al día siguiente seguirá viva — Terminó y supe que sentía cada palabra que dijo. Entonces un gran viento entró por la ventana y derribo unas hojas de mi mesilla, me levanté a cogerlas y al girar la cabeza miré al poyete: nadie había allí sentado. A día de hoy sigo sin saber si me lo imaginé.






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