Poesía

 Carmen FL

El mar me canta

El mar me canta

una canción de coral,

su espuma y su color

me acarician al caminar.


Intento sumergirme en él,

pero cada vez que lo hago,

él me devuelve a mi lugar.


La arena se queja,

se queja al bucear,

porque su peso

no iguala al del mar.


Las gaviotas le devuelven,

le devuelven el canto al mar.

Cada vez que elevo la vista,

ellas me devuelven la mirada del mar.


Ese es el paisaje,

el paisaje de mi mar.

Cada vez que lo miro,

no puedo evitar cantar.


Si lo miro no lo creo.

Si lo creo no lo veo.

Pero cada vez que lo oigo,

me mezco con su canto.


Si alguien me pregunta,

no dudaré en responder:

¡Este es mi mar,

mi reino y mi hogar!.


Soy yo la que lo dice,

soy yo la que lo quiere,

pero cuando lo intento conseguir,

el mar me devuelve a un lugar seguro.


Intentó atravesarlo,

llegar al otro lado.

Desde aquí veo,

esa isla que está en mi corazón.


El mar me protege,

me ayuda y me cuida.

Pero no sé por qué

no quiere que lo atraviesen.

Dice que es peligroso,

que la isla no es lo que parece

y con su canto

él me mece.


El mar mi padre,

el cielo mi madre.

Yo en tierra,

no me dejan verles.


Así que me quedo,

aquí en mi hogar

añorando esa isla 

y el amor de mi vida.













Noa EN

Leyendo

Muerdo una castaña, castaña sabor canela.


A mis pies el mar cansado (que salado) se acostumbra a desahogarse. 

Por la tarde alejada, un cuarto frío me aparta del cielo


y me duermo sobre las nubes que imagino.

De noche canto dormido, 

mis ronquidos, la nana del bosque 


callado. 

Abro los ojos, sigo leyendo.



Flavia FB

Por miedo a ti



En lo más profundo de su garganta, 

se esconde un grito. 

Atragantado y gutural. 

Pero no será liberado. 

Nunca lo será. 

Ardan su lengua 

y sus oídos,

 al susurrar.


Sangren sus ojos,

por miedo a llorar.

Tiemblen sus rodillas,

por miedo a correr.

Duelan sus manos,

por miedo a ti.


Su pelo seco pero sucio,

como sus codos y su cuello.

Como mis codos y mi cuello.

Como los perros y los gatos.

Como las niñas y los niños.

Como el suelo, como todo, como tú.


Flavia Fernandes





Siete Años


Si no fuera yo en mi cuerpo,

¿lo sabrías?

¿Querrías saberlo?

Quedando llantos,

sudores y sangre,

¿abrirías la ventana?

¿Romperías el espejo

a pesar de esos siete años

con mis dedos en tus dedos,

con mis pies bajo tus pies,

con mi peso sobre el tuyo?


Eri Fernandes

Besar al alacrán de mi patio.

Hasta que me sangren los labios y las encías.

Tragar el veneno.

Apretar el pequeño exoesqueleto hasta que lentamente ceda.

Un leve crujido y después sangre.

De color verdoso.

Y lo acaricio con la lengua.

Y mis ojos se cierran sin mover mis párpados. 

¿El Anticristo?

He perdido mis zapatos.

Las cucarachas cubren mis pies.

Mordisquean la roña.

Se nutren de mí.

Mis cicatrices desaparecen.

Se tornan violetas.

Flores pequeñas a las que acuden las abejas.

Y rendida ante sus vivos colores.

Caigo.

Y pequeñas hormigas obreras me consideran suya.

E invaden mis orificios.

Mis entrañas toman vida.

Más aún.

Y tratan de digerir.

Pero me digieren.

Y me vuelvo ácido estomacal y putrefacción.

Y múltiples hongos nacen de lo que solía ser mi piel.

Y las orugas metamorfosean dentro y fuera de mí.

Y soy ellas.

Y ellas me son.

Y soy Dios.

Y Dios me es.

No me pueden las ortigas.

 

Eri Fernandes

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