2º Eso
Elena
Flavia FBPluto
Blanca GOPE
Fran
era un camarero que vivía en Nueva York. Tenía una vida normal, con una mujer y
una casa común.
Cada
vez que iba al restaurante, tenía que coger un autobús. En este siempre había
mucha gente extranjera, ya que era el centro de la ciudad.
Un
día se encontró una bolsa bastante grande que había en la parada, resulta que
era un pequeño perro de una raza peculiar.
Era
como un zorrito mezclado con lobo y perro.
Lo
cogió y a los pocos minutos se lo dio al hombre que estaba en la garita de
seguridad, para ver si alguien lo había perdido.
Al
día siguiente después del trabajo Fran fue en busca del perrito. Estaba todavía
en la garita de seguridad, el hombre que estaba allí le rogó a Fran que se lo
quedara y que si venía alguien a rescatarlo se lo haría saber.
Fran
no podía decir que no, así que se lo llevó con él hacia casa.
Cuando
llegó a casa su mujer se enfadó algo, pero en cuanto vio que el perrito era tan
bueno le llegó un aire de que se lo quería quedar.
Los
días iban pasando y no llegaba ninguna persona a buscar a su perro, así que
perdieron la esperanza de que alguien iba a buscarlo.
Como
era un cachorro no tenía ni microchip, ni plaquita de identificación en el
collar. Así que Fran y su mujer fueron a ponerle las vacunas que necesitaba,
microchip, etc…
Fran
iba en tren todos los días a nueva york para trabajar como camarero, y todos
los días Pluto, (que era el nombre que le habían puesto) intentaba irse con
Fran porque estaban muy unidos. Aunque Fran intentara que eso no pasara, Pluto
iba como loco detrás de él todos los días.
Cuando
iba en tren de camino a la ciudad y cuando volvía de trabajar a las
19:20, ya estaba Pluto esperando en la puerta del cercanías.
Después
de varios años con la rutina de todos los días, un día el camarero tuvo una
cata de platos en el restaurante “favoliaus” de nueva york, y en la que Fran
probó un plato llamado: “ñoquis con aceitunas y tomate recolectados del río
Ebro, con oro líquido y pimientos del piquillo”
Después
de catar el plato, se empezó a encontrar fatal, con sarpullidos en la cara y
cuerpo con descamaciones, etc.
Se
fue directo al hospital en la ambulancia, le hicieron un estudio con todo el
prospecto de los ingredientes usados en el plato. Resulta que Fran era muy
alérgico a la cebolla.
Después
de que los médicos terminaron el estudio y le iban a dar la medicación que
tenía que recibir, ya era demasiado tarde, a Fran le dio una inflamación del
estómago y falleció.
Pluto,
después de varios días en la estación, como siempre veía que su dueño no
aparecía. Pero Pluto nunca perdió la esperanza. Siguió así durante meses, le
daban de comer y lo acariciaban los que salían del cercanías, hasta que el
perro murió por edad, pero murió con esperanza.
Disparador creativo
«De repente, mi gato empezó a hablar»
Filtros para cambiar el punto de
vista:
·
Edad: viejo, inmortal, maduro.
·
Género: el contrario al tuyo.
·
Época: pasado o futuro.
·
Profesión: profesor, policía, taxista.
Alejo García
De repente mi gato empezó a hablar. Salí del taxi corriendo
disparado. El cliente de atrás no daba crédito, pero más que asustado parecía
muy feliz. Impresionado, salió del coche y me invitó a una convención
científica. Al principio no accedí, pero luego, después de ver la cantidad de
dinero que había en juego, acepté. Mis problemas económicos se podían
solucionar y podía comprar una casa en condiciones. Solo por saltarme un día de
trabajo ya merecía la pena.
Al final todo fue fatal. Resultó
que el gato se había puesto encima del teléfono móvil y había llamado a mi
madre. No gané nada y me despidieron.
Alberto R
Casualidades
Decidí contarle a mi hija
adoptiva lo que sucedió aquel día tan raro. Yo soy taxista y aquel día estaba
llevando a un cliente especialmente irritable a su casa. A mitad del trayecto
nos cruzamos con unos manifestantes de UBER (por ir por un atajo que sugirió mi
cliente) que empezaron a cortarnos el camino.
Hago una pausa en el relato para
beber té (a esta edad la garganta sufre por poco que hables). Como decía, todo empezó a liarse y los de
UBER rompieron la ventana del coche. En la revuelta mi cliente se separó de mí
y ya no le he vuelto a ver. El caso es que escapé de ellos, llegué a un parque
infantil y me metí dentro de un tonel.
Mi hija hace un pequeño gruñido
que me devuelve a la realidad. Le sirvo un vaso de leche y continúo mi relato.
Tras meterme en el tonel vi un
gato y una niña acurrucada al fondo. De repente el gato empezó a hablar. Sus
primeras palabras fueron un simple «hola» que en un primer momento me atemorizaron.
Esta es la historia de cómo conocí a mi hija a la que irónicamente conocí
cuando estaba a punto de perecer.
Carlota Z.
Estaba trabajando como todos los
días de mi vida desde hace no sé cuánto tiempo. Me acordaría si no hubiese
vivido más de doscientos años sin que el tiempo me haya afectado, se podría
decir que soy inmortal. En cualquier caso, estaba hablando sobre mi trabajo,
Soy taxista hasta que me aburra y encuentre otro trabajo que me entretenga. Por
ahora no tengo ninguna intención de cambiar de trabajo. Te encuentras con todo
tipo de gente que tan solo te cuenta su día, a gente que te cuenta todo tipo de
locuras. Me acuerdo de un señor que me dijo que su gato se puso a hablar, así
de la nada. Después también tienes a la gente que no te dirige la palabra
durante todo el trayecto, esos son los más aburridos.
Blanca González
Nuevas amistades
Mi nombre es Blanca y soy
profesora de Física y Química. Hoy voy a contar una historia real que me pasó
hace dos años.
Todo empezó cuando estaba yendo
en la nave espacial para volver a casa. De repente vi al llegar a ella que
estaba flotando más de lo normal. En el 4058 tenemos un estilo bastante
innovador pero esta vez que quedé realmente sorprendida.
Cuando entre en mi casa, de repente,
mi gato empezó a hablar. Me desmayé y cuando me desperté todo era blanco. El
mundo era blanco. A primeras pensaba que había nevado pero luego sentí que
hacía calor. Como había estudiado Física y Química toda mi vida hasta el día de
hoy intenté hacer memoria de alguna reacción posible, pero no pude llegar a
ninguna conclusión.
Finalmente, poco a poco todo se volvió
a la normalidad y el color blanco desapareció. Pero aún sigo investigando sobre
el caso. Mi gato se ha convertido en mi mejor amigo, pero eso sí que no se lo
he dicho a nadie.
Relatos del Principito
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| Flavia Fernandes |
El Principito
(Inspirado
en Maasirä)
Erase
una vez, en un bosque de Damasco había un niño de trece años de edad, más
conocido como el Principito, que vivía en una familia de refugiados en
Siria. Un país de Asia, en el Oriente Medio, situado cerca de Turquía, Líbano e
Iraq.
Un
día, el Principito tenía que ir al colegio. La mañana era completamente normal,
hasta el punto en el que, a medio camino del colegio, unos helicópteros
empezaron a sobrevolar el cielo, cubriendo la ciudad con sombras y oscuridad.
Los helicópteros empezaron a soltar misiles y bombas de sus extensas bodegas,
llenando los pueblos, barrios y casas con fuego y cenizas. El Principito, por
todos los medios, intentó escapar de los misiles y de hecho lo consiguió. Pero
al llegar a su casa, donde le esperaban sus padres y familiares, se llevó una
desagradable sorpresa, allí estaba su abuela, esperando para contarle lo
sucedido.
—¡Oh!,
Principito, tenemos que salir de aquí. ¡Este sitio no es seguro!
—Esta
bien Abuela pero... ¿A dónde quieres que vayamos?
—A
un sitio seguro. Debemos ir a Europa.
Y
así fue, pensaron que sería un viaje difícil,
pero ni se imaginaban cuánto se complicaría su viaje hasta Alemania.
Ya
habían salido del pueblo jugándose la vida, pero consiguieron llegar hasta el
final del País, dispuestos a cruzar la frontera pero, cuando menos lo
esperaban, un grupo de policías, armados hasta las trancas, los esperaron
bloqueando la frontera.
Pensaron
que podrían cruzar desprevenidamente la frontera pero no hubo suerte.
—¡Estáis
detenidos por traicionar a la patria siriana! —bramó la policía —Acompañadme
los dos a prisión.
Los
pusieron en celdas diferentes. Todo rodeado de guardias por todas partes pero
al Principito se le ocurrió algo, quiso escapar por los conductos de
ventilación hasta llegar a la celda de su abuela…
—¿¡Abuela!?—Fue
gritando por ahí, entonces consiguió llegar hasta la celda.
—Abuela,
¿estás bien?
—Sí,
Principito. Tenemos que salir de aquí como sea pero hay demasiados guardias.
—Abuela,
yo he conseguido llegar hasta aquí por los conductos de ventilación.
—Esta
bien pero démonos prisa.
Ambos
entraron en los tubos hasta llegar al exterior y consiguieron escaparse. Su
viaje continuó hasta llegar a Turquía.
—Ya
estamos aquí, Principito; Ahí hay un puerto, podríamos coger un barco y llegar
hasta Grecia —dijo la abuela.
—¡Pero
abuela, no tenemos dinero!
Entonces
se acercó un señor raro y les dijo:
—¿He
oído que necesitáis dinero?
—Sí,
así es señor.
—Si
me conseguís un poco de cuero os daré dinerito para vuestro barco.
—¡Yo
tengo un poco de cuero! Tome señor.
El Principito
le dio su trozo de cuero para ganar dinero suficiente para tomar el barco.
—Ahora
mi parte del trato, aquí tenéis.
—Pero
señor, aquí solo hay para un billete de barco, y somos dos.
—Tranquilo,
Principito —intervino la abuela— Tu vete en el barco, yo ya encontraré la forma
de llegar al campamento.
Y
así fue, El Principito se fue en barco hasta Grecia y la abuela buscó otra
forma de llegar al campamento.
En
el campamento griego, días después…
—¡Abuela!
¡Has conseguido venir!
—Así
es Principito
—¿Y
cuándo podré volver a ver a mis padres?
—Principito,
yo… bueno, no te pude contar esto en Siria pero… Tus padres… Han muerto…
—¡¿QUÉEE?!
—Lo
siento… Vámonos de aquí antes de que nos vean, nuestro próximo destino es
Austria.
Al
encontrarse en el campamento, la abuela le tuvo que contar la noticia que no le
pudo contar en Siria. Ahora partirían a pie hasta Austria.
En
Austria…
Estaban
sorprendidos al ver la nieve, las casas y el bienestar que tenían todos en el
pueblo.
—Principito,
ve a ver si estos hombres te pueden ayudar.
La
abuela se quedó en la nieve con una fogata que la mantendría con vida mientras
regresaba.
El Principito
fue llamando a las puertas, le respondieron bien y le dieron comida, no les
echaron del país por ser extranjeros. Cuando volvió con la abuela para darle
parte de los recursos que había conseguido, lamentablemente, a la abuela se le
cayó el Burka a la fogata, haciendo que el fuego se apagase…
—¡Abuela,
abuela! ¡Mira todo lo que he conseguido! —Grito El Principito — ¿Abuela?
¿¡Abuela!?
No hubo
respuesta…
—¡¡¡ABUELA!!!
El Principito
tuvo que continuar su viaje él solo hasta Múnich.
Allí
conoció a una nueva familia que lo acogió.
Desde
entonces, El Principito no quiso saber nada más de Siria.
Vivió
feliz y comió, apfelstrudel de manzana y regaliz.
Jessyca
Blanca González Pérez
Érase
una vez, una niña llamada Jessyca que vivía en Madrid.
Se
encontraba en una situación bastante complicada, en una pandemia mundial
causada por una nueva enfermedad: la Covid—19, que la mantenía presa en su
propio hogar.
Estaba
en su casa con su familia formada por su hermana Erika, su madre María y su
padre Pablo.
Todos
estaban confinados en su casa porque, si no, el virus se iba a extender y
contagiar mucho más a toda la población.
Jessyca
estaba en su habitación haciendo su cama, cuando de repente, detrás de las
cortinas, apareció un niño pequeño, rubio, con un traje verde y cinturón rojo.
Se
quedó en estado de shock durante algunos segundos, porque no se podía creer lo
que estaba pasando.
Le
recordaba a un personaje que leyó en el último libro que se había leído. De
repente el niño le dijo:
—Hola,
soy el Principito. Vengo desde muy lejos y el destino parece que me ha traído
hasta aquí.
Jessyca
se atrevió a decirle algo:
—Hola
—dijo muy asustada— ¿estás bien?
—Estoy
bien, pero sinceramente no sé qué hago en este mundo.
Jessyca
no entendía muy bien el contexto, pero le contestó:
—Si
quieres te puedes quedar escondido en mi habitación hasta que busquemos una
solución.
Durante
los días que fueron pasando, Jessyca le traía comida al Principito. Pasaba
mucho tiempo con él, cuando antes de que el Principito llegara estaba más
tiempo con su familia.
Sus
padres empezaron a sospechar que algo estaba pasando, así que decidieron hablar
con ella.
Estaba
en su habitación jugando en el suelo con el Principito, cuando su padre giró el
pomo de la puerta.
—¡Corre!,
—dijo muy acelerada al Pricipito.
El
padre de Jessyca habló con ella, todo iba con normalidad.
Las
semanas iban pasando y el coronavirus también. Pedro Sánchez declaró que ya se
podía salir a la calle definitivamente.
Y
en ese momento Jessyca y el Principito decidieron hacer algo. Fueron al salón,
donde se encontraban sus padres. Y Jessyca muy asustada dijo:
—Papá,
mamá, esto os va a sorprender mucho, incluso puede que os asustéis pero… el Principito
está en casa.
Pablo—
¿Co..co..cómo? ¿el de los libros?
Sí.
¿Os acordáis cómo acaba su último libro? pues ha venido desde muy lejos y
necesita alguien que le cuide.
—Pero…
no sabemos nada de su familia ni de su vida —dijo su madre.
—No
te preocupes, a él también le apetece quedarse.
—Por
mí no hay problema —dijo Pablo.
El Principito
se quedó viviendo con la familia, fueron felices y comieron espaguetis y otras
comidas ricas.
Relato sobre el Principito
Adriana Cáliz
«Nunca pensé que al escribir su gran obra, el Sr. Saint—Exupéry hablase en serio. No creo que nadie se lo imagine hoy en día, pero, yo... yo lo viví.
Les contaré cómo sucedió todo.
Yo tenía 14 añitos, y era la más popular de 2º de la ESO, o lo había sido, hasta antes de la pandemia. Mi madre me había acostado esa noche, hacía frío y me puse mi pijama más gordo. Todavía me acuerdo de él, con estrellitas y lunas.
Tenía el mejor teléfono del mercado por entonces, hoy en día se consideraría un objeto de coleccionista. Esa noche estuve hablando con mis amigos por Snapchat y Twiteé un par de cosas. Snapchat y Twitter, aplicaciones. Ahora todo está en vuestras cabezas, pero antes, estaban en la nube. No entenderíais qué era aunque os lo explicase mil veces. También me enteré de que habíamos llegado a los 300.000 muertos por el virus. «Casi medio millón» Pensé. Después de eso puse la alarma a las 8.30h para el día siguiente, y cerré mis ojos tratando de no centrarme en la cifra… «300.000, 300.000, 300.000…»
Debían de ser las 3.30h de la madrugada del día siguiente cuando comencé a escuchar unos extraños ruidos. No les presté mucha atención, seguramente fuera la Señora Clementina abriendo su nevera a medianoche como de costumbre. Pero se volvieron aún más extraños cuando empezaron a percibirse desde mi ventana. Tuve que abrir los ojos, y recuerdo con el mismo sobresalto el susto que me llevé al ver claramente al protagonista envejecido de mi obra literaria favorita rogando entrar en mi casa.
Me acerqué a la puerta de mi habitación con miedo pretendiendo avisar a mis padres, pero algo en su mirada me decía que no debía temerle. Estaba confundida, pero aún así, me acerqué a la ventana silenciosamente, y le dejé pasar.
El metal que rodeaba al cristal estaba frío. Frío. Sentí el mismo frío en mis manos que cuando esperaba en el patio antes de entrar en clase.
Me miró fijamente: «Pequeña, no debes temerme. Aunque no lo sepas, lo sientes, hazle caso a eso. He percibido que me has identificado. Estás en lo cierto» Empecé a sentir un dolor de cabeza repentino. «Relájate, ya le pillarás el truco» No entendía nada. «A lo largo de mis viajes comprendí el significado de las estrellas. Estos últimos meses han aumentado. En cuanto acabe el ciclo desaparecerán muchas. Y también tus preocupaciones» No había pronunciado ni una sola palabra, pero de algún modo, le había oído. Sin que me diera tiempo a preguntarle qué significaba todo lo que me había hecho interpretar, se dirigió hacia la ventana, y desapareció.
Acabó el año, y en enero hubo un baby boom. En marzo desaparecieron todos los casos de covid y este también, sin haberse dado la aparición de ninguna vacuna.
Hoy, a mis 84 años de vida, lo comprendo todo. Cuando tome mi último aliento, mirad al cielo, podréis verme volar por primera vez». Mi abuela era una magnífica escritora, nunca se dedicó a ello, por desgracia. Este fue su único escrito, es como si hubiera estado pensando en este relato durante toda su vida y esperase a su último día para escribirlo.
El regreso del Principito
Alberto Rodríguez
El Principito volvía a la Tierra, su viaje había sido largo y conmovedor. Estaba cansado, demasiado como para fijarse mucho en su lugar de aterrizaje. Llegó, y se metió entre dos callejuelas, buscando cobijo entre aquellos cortos tejados. Decidió pasar ahí la noche, pero se le olvidó el frío que hacía al extinguirse la dorada luz del sol. Tiritaba como nunca había hecho en aquellas aventuras, su piel gimiendo por aquella sensación que le atormentaba, pero tuvo que aguantarse. El frío no le dejaba, y en cierto momento llegó un baboso perro a atormentarlo.
Corrió, temeroso, con
un angustioso pavor a esa bestia. Llegado un momento el Principito no pudo más,
y se dejó alcanzar. Sin embargo, al contrario de lo que se temía, el perro no
le dañó, si no que le olfateó, y ladró alegremente. Aquel escándalo llamó la
atención de una niña, que aposentada en su ventana, contemplaba la escena
atentamente. La niña le preguntó por su procedencia, ya que era extraño su
conjunto de ropa: una capa verde, ropa roja y dorada, cuidadosamente adornada,
y su pelo despeinado. No parecía un mendigo, aunque en ese mundo lo era. No
poseía bienes materiales, salvo la ropa que llevaba puesta. Él contestó:
—Procedo de todas partes, y de ninguna a la
vez, he visto los lugares más recónditos de muchos mundos, pero nadie conoce
todo.
La niña, sorprendida por aquella osadía
dijo:
—Pero no tienes nada, y hueles tan mal que
tienes moscas persiguiéndote.
El Principito sonrió, contestando:
—A pesar de no tener nada, poseo
conocimientos sobre muchos temas, y sabría decirte el nombre de cualquier cosa
que me enseñes, de la tierra, de marte, o del planeta que quieras.
—Nombra la sensación provocada por el olor
de la lluvia recién caída.
—Bien intentado, pero eso no tiene nombre,
al igual que no tienen nombre muchas otras cosas.
—¿Entonces no lo sabes? Preguntó aquella
niña.
—Si así lo quieres ver… aunque con ese
criterio nadie lo sabe. —Contestó el Principito.
—Y si vienes de todas partes, ¿qué has
visto? ¿¡Has visto tortugas!?
—He visto cosas mejores que tortugas: He
visto planetas hechos de diamantes, he visto lugares donde se puede controlar
el mundo con las palabras, lugares completamente hechos de agua, lugares de
todo tipo…
—Y… ¿por qué volviste? ¿Por qué no te
quedaste allí? Allí podrías ser rico, podrías tener un castillo enorme donde
quisieses, podrías bañarte a todas horas, podrías hacer lo que quisieses…
—Pero allí no hay más personas, no hay
nadie con quien hablar, tampoco nadie con quien divertirse, y eso no me gusta.
—Pues yo me habría quedado, la verdad.
—No creo que pensases eso tras unos cuantos
días, puede que incluso horas, allí.
— ¿Por qué? Es mucho mejor que aquí, nadie
te molesta y puedes hacer lo que quieras.
—Pero la soledad no es exactamente
agradable, y además hay criaturas peligrosas que te pueden atacar, y no habría
nadie para protegerte.
—No necesito protección, ya tengo diez años
:D
—Además yo no iría, ¿para qué quieres tener
diamantes si no vas a poder usarlos?
—Pues yo llevo en casa ya 6 meses, por
salir… me da igual dónde.
—Bueno, mejor que los que no tienen casa y
no tienen a donde ir…
—No, ellos pueden viajar a donde quieran, y
son libres, y no tienen que pagar impuestos por la casa.


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