2º Eso

                                                                         

Elena

Flavia FB
Yo no sé nada. Y si me preguntaran a qué me dedico, no tendría respuesta, quizá un suspiro. Soy mantenida, así lo dicen. Me casé con un hombre al que no amé a pesar de que nadie me obligó nunca. Soy esposa y él mi esposo aunque dudo que él lo sepa o sepa de mí. Y no le culpo, ¿quién sabría? Yo no. A menudo paso las tardes en el jardín, las mañanas en la terraza, siempre vaso en mano, aunque mi boca siempre seca. Sigo el camino del Sol, asomándome cada vez por un ventanuco distinto para no perderme ningún ángulo. De pequeña quise llamarme María, pero mi nombre es Elena. No sé cómo habría querido llamarse él, pero su nombre es Víctor. Era Víctor. Mi Víctor. Digo era, porque lleva bajo tierra hace casi dos semanas. Dos semanas llevo sola. Dos semanas. Dos semanas sin sus gritos ni sus constantes zapatazos de un piso a otro crecidos por el eco de los altos techos. Dos semanas. Casi dos semanas.
Héctor nunca me gritaba, jamás me hubiera gritado. Y Alba hasta me apreciaba, creo. Sus padres. Héctor y Alba eran sus padres, aún viven, me parece, en algún lugar al norte de Europa. No vienen de visita hace muchos años ya, no vinieron al entierro y no les culpo; por esta zona es muy difícil aparcar.
Yo tenía una hermana, una hermana pequeña, rubia y bajita, nada que ver conmigo. Sara, se llamaba. Se llevaba bien con Víctor. Creo que Víctor la prefería. Se hubiera casado con ella si hubiera podido, pero murió trágicamente, al caer por la ventana del ático de la casa de mis padres. Caer, siempre me dijeron que cayó, pero yo creo que tuvo ayuda. Aunque no sé por qué. Ya lo he dicho, no sé nada.
Hace casi dos semanas, mi marido estaba sentado en el sillón azul marino de la sala, como todos los domingos, mirando por la ventana, con los dedos entrelazados sobre el regazo. Y sus párpados quedaron sellados en lo que hubiera parecido un parpadeo más. Así, sin previo aviso, sin dramatismo, sin revuelo, como él siempre había vivido.
Silencioso abandonó su cuerpo, aunque el silencio es algo que él no se dejaba escuchar y a mí tampoco, dejándome a mi propia merced como única dueña de mí. Se me han abierto todas las puertas y tengo finalmente la oportunidad de salir, de irme de esta casa con olor a polvo, a humedad y, francamente, a viejo. De dejar atrás los sillones (azul el de Víctor, verde el mío) y el salón, el pasillo y sus ventanas, las escaleras de caracol y sus ecos, los techos altos, las columnas y el gotelé y el chirriante parqué que ya estaba aquí cuando nos instalamos. Podría quedarme, pero este lugar tan frío y vacío, sin el frío y vacío Víctor, me sobra. Ahora mismo me sobra casi todo, me sobran la ropa y el pelo. Llevo años dejándolo más largo de lo que me gustaría porque a Víctor le gustaba, aunque en realidad Víctor nunca dijo tal cosa.
A veces Víctor estaba de buen humor, incluso jovial, excitado, pero no gustaba de disfrutar aquellos escasos momentos conmigo, al contrario, se encerraba en su despacho, en el cual, ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que nunca había estado, no es que me lo prohibiera, no prohibía cosas, es simplemente que nunca me había invitado a entrar. Está bastante vacío, hay un escritorio sin asiento, una alfombra sucia que supongo que pretendía ser roja y negra aunque ahora es casi uniformemente gris, y un gran ventanal que cubre toda la pared frente a la puerta que probablemente nunca había visto porque no suelo ver la casa por fuera, nada que ver con las diminutas ventanas del resto de la casa. Entiendo por qué se había guardado este cuarto, solo para él y él mismo.
A veces casi agradezco que mis padres no llegaran a conocerle, sobre todo mi madre, no hubiera tolerado no tener nietos, pero eso habría sido imposible. Víctor odiaba verme desnuda, decía que mis cicatrices le quemaban al llorar, cuando en realidad lloraba yo y ardía él solo. Víctor no era muy observador. Y puede que sí me amara.
Cuando dejé de oír el tableteo de sus náuticos contra el suelo me asomé desde la puerta que da a la cocina, su pecho no respiraba aunque puede que sus oídos oyeran aún. Cogí las tijeritas del cajón superior de la cómoda y le corté un escaso mechón de la nuca, de esos que siempre tenía un poco más largos porque el pelo se lo cortaba yo y él tenía muy poca paciencia, y lo guardé en el guardapelo que me regaló su madre como presente de nupcias y que llevo siempre en el bolsillo aunque nunca colgado del cuello.
Aquella noche la cama estaba tan vacía que enterré el colgante y su tesoro entre las raíces del olivo del patio de atrás. Espero que siga allí, y que siga mucho tiempo. Por si acaso algún día lo quiero de vuelta, para darle otro uso, uno mejor.
Una vez más dejo correr el agua del fregadero de la cocina solo para escucharla y me humedezco con un paño, que no está del todo limpio, la nuca y las corvas.
No sé por qué pensaba que el dejar la casa era una elección, al fin y al cabo, el chalet no es mío y no podría pagarlo, si pudiera tampoco querría, pero el hecho es que la herencia de Víctor es escasa y no solo mía. Y ni siquiera quiero mi parte, no me pertenece en realidad. Puede que busque a esa tal Isabel y le de mi mitad. Buscaré un hostalito en el que quedarme algunos días, un sitio tranquilo. Hasta encontrar, supongo, alguien nuevo para con quien existir. Dejar que el tinte se desgaste y volver a mi castaño natural. Volver a decir mi nombre. Elena.  

 


Pluto

Blanca GOPE

Fran era un camarero que vivía en Nueva York. Tenía una vida normal, con una mujer y una casa común.

Cada vez que iba al restaurante, tenía que coger un autobús. En este siempre había mucha gente extranjera, ya que era el centro de la ciudad.

Un día se encontró una bolsa bastante grande que había en la parada, resulta que era un pequeño perro de una raza peculiar.

Era como un zorrito mezclado con lobo y perro.

Lo cogió y a los pocos minutos se lo dio al hombre que estaba en la garita de seguridad,  para ver si alguien lo había perdido.

 

Al día siguiente después del trabajo Fran fue en busca del perrito. Estaba todavía en la garita de seguridad, el hombre que estaba allí le rogó a Fran que se lo quedara y que si venía alguien a rescatarlo se lo haría saber.

Fran no podía decir que no, así que se lo llevó con él hacia casa. 

Cuando llegó a casa su mujer se enfadó algo, pero en cuanto vio que el perrito era tan bueno le llegó un aire de que se lo quería quedar.

Los días iban pasando y no llegaba ninguna persona a buscar a su perro, así que perdieron la esperanza de que alguien iba a buscarlo.

Como era un cachorro no tenía ni microchip, ni plaquita de identificación en el collar. Así que Fran y su mujer fueron a ponerle las vacunas que necesitaba, microchip, etc…

Fran iba en tren todos los días a nueva york para trabajar como camarero, y todos los días Pluto, (que era el nombre que le habían puesto) intentaba irse con Fran porque estaban muy unidos. Aunque Fran intentara que eso no pasara, Pluto iba como loco detrás de él todos los días.

Cuando iba en tren de camino a la ciudad  y cuando volvía de trabajar a las 19:20, ya estaba Pluto esperando en la puerta del cercanías. 

 

Después de varios años con la rutina de todos los días, un día el camarero tuvo una cata de platos en el restaurante “favoliaus” de nueva york, y en la que Fran probó un plato llamado: “ñoquis con aceitunas y tomate recolectados del río Ebro, con oro líquido y pimientos del piquillo” 

Después de catar el plato, se empezó a encontrar fatal, con sarpullidos en la cara y cuerpo con descamaciones, etc.

Se fue directo al hospital en la ambulancia, le hicieron un estudio con todo el prospecto de los ingredientes usados en el plato. Resulta que Fran era muy alérgico a la cebolla.

Después de que los médicos terminaron el estudio y le iban a dar la medicación que tenía que recibir, ya era demasiado tarde, a Fran le dio una inflamación del estómago y falleció.

Pluto, después de varios días en la estación, como siempre veía que su dueño no aparecía. Pero Pluto nunca perdió la esperanza. Siguió así durante meses, le daban de comer y lo acariciaban los que salían del cercanías, hasta que el perro murió por edad, pero murió con esperanza.





Disparador creativo

 


«De repente, mi gato empezó a hablar»

 

Filtros para cambiar el punto de vista:

·         Edad: viejo, inmortal, maduro.

·         Género: el contrario al tuyo.

·         Época: pasado o futuro.

·         Profesión: profesor, policía, taxista.

 

Alejo García

De repente mi gato empezó a hablar. Salí del taxi corriendo disparado. El cliente de atrás no daba crédito, pero más que asustado parecía muy feliz. Impresionado, salió del coche y me invitó a una convención científica. Al principio no accedí, pero luego, después de ver la cantidad de dinero que había en juego, acepté. Mis problemas económicos se podían solucionar y podía comprar una casa en condiciones. Solo por saltarme un día de trabajo ya merecía la pena.

Al final todo fue fatal. Resultó que el gato se había puesto encima del teléfono móvil y había llamado a mi madre. No gané nada y me despidieron.

 

Alberto R

Casualidades

Decidí contarle a mi hija adoptiva lo que sucedió aquel día tan raro. Yo soy taxista y aquel día estaba llevando a un cliente especialmente irritable a su casa. A mitad del trayecto nos cruzamos con unos manifestantes de UBER (por ir por un atajo que sugirió mi cliente) que empezaron a cortarnos el camino.

Hago una pausa en el relato para beber té (a esta edad la garganta sufre por poco que hables).  Como decía, todo empezó a liarse y los de UBER rompieron la ventana del coche. En la revuelta mi cliente se separó de mí y ya no le he vuelto a ver. El caso es que escapé de ellos, llegué a un parque infantil y me metí dentro de un tonel.

Mi hija hace un pequeño gruñido que me devuelve a la realidad. Le sirvo un vaso de leche y continúo mi relato.

Tras meterme en el tonel vi un gato y una niña acurrucada al fondo. De repente el gato empezó a hablar. Sus primeras palabras fueron un simple «hola» que en un primer momento me atemorizaron. Esta es la historia de cómo conocí a mi hija a la que irónicamente conocí cuando estaba a punto de perecer.

 

Carlota Z.

Estaba trabajando como todos los días de mi vida desde hace no sé cuánto tiempo. Me acordaría si no hubiese vivido más de doscientos años sin que el tiempo me haya afectado, se podría decir que soy inmortal. En cualquier caso, estaba hablando sobre mi trabajo, Soy taxista hasta que me aburra y encuentre otro trabajo que me entretenga. Por ahora no tengo ninguna intención de cambiar de trabajo. Te encuentras con todo tipo de gente que tan solo te cuenta su día, a gente que te cuenta todo tipo de locuras. Me acuerdo de un señor que me dijo que su gato se puso a hablar, así de la nada. Después también tienes a la gente que no te dirige la palabra durante todo el trayecto, esos son los más aburridos.

 

Blanca González

Nuevas amistades

Mi nombre es Blanca y soy profesora de Física y Química. Hoy voy a contar una historia real que me pasó hace dos años.

Todo empezó cuando estaba yendo en la nave espacial para volver a casa. De repente vi al llegar a ella que estaba flotando más de lo normal. En el 4058 tenemos un estilo bastante innovador pero esta vez que quedé realmente sorprendida.

Cuando entre en mi casa, de repente, mi gato empezó a hablar. Me desmayé y cuando me desperté todo era blanco. El mundo era blanco. A primeras pensaba que había nevado pero luego sentí que hacía calor. Como había estudiado Física y Química toda mi vida hasta el día de hoy intenté hacer memoria de alguna reacción posible, pero no pude llegar a ninguna conclusión.

Finalmente, poco a poco todo se volvió a la normalidad y el color blanco desapareció. Pero aún sigo investigando sobre el caso. Mi gato se ha convertido en mi mejor amigo, pero eso sí que no se lo he dicho a nadie.

  



Relatos del Principito


Flavia Fernandes

El Principito

(Inspirado en Maasirä)

 Nicolás Busto

Erase una vez, en un bosque de Damasco había un niño de trece años de edad, más conocido como el Principito, que vivía en  una familia de refugiados en Siria. Un país de Asia, en el Oriente Medio, situado cerca de Turquía, Líbano e Iraq.

Un día, el Principito tenía que ir al colegio. La mañana era completamente normal, hasta el punto en el que,  a medio camino del colegio, unos helicópteros empezaron a sobrevolar el cielo, cubriendo la ciudad con sombras y oscuridad. Los helicópteros empezaron a soltar misiles y bombas de sus extensas bodegas, llenando los pueblos, barrios y casas con fuego y cenizas. El Principito, por todos los medios, intentó escapar de los misiles y de hecho lo consiguió. Pero al llegar a su casa, donde le esperaban sus padres y familiares, se llevó una desagradable sorpresa, allí estaba su abuela,  esperando para contarle lo sucedido.

 

—¡Oh!, Principito, tenemos que salir de aquí. ¡Este sitio no es seguro!

—Esta bien Abuela pero... ¿A dónde quieres que vayamos? 

—A un sitio seguro. Debemos ir a Europa.

 

Y así fue, pensaron que sería un viaje difícil,  pero ni se imaginaban cuánto se complicaría su viaje hasta Alemania.

Ya habían salido del pueblo jugándose la vida, pero consiguieron llegar hasta el final del País, dispuestos a cruzar la frontera pero, cuando menos lo esperaban, un grupo de policías, armados hasta las trancas, los esperaron bloqueando la frontera.

Pensaron que podrían cruzar desprevenidamente la frontera pero no hubo suerte.

—¡Estáis detenidos por traicionar a la patria siriana! —bramó la policía —Acompañadme los dos a prisión.

 

Los pusieron en celdas diferentes. Todo rodeado de guardias por todas partes pero al Principito se le ocurrió algo, quiso escapar por los conductos de ventilación hasta llegar a la celda de su abuela…

—¿¡Abuela!?—Fue gritando por ahí, entonces consiguió llegar hasta la celda.

—Abuela, ¿estás bien?

—Sí, Principito. Tenemos que salir de aquí como sea pero hay demasiados guardias.

—Abuela, yo he conseguido llegar hasta aquí por los conductos de ventilación.

—Esta bien pero démonos prisa.

Ambos entraron en los tubos hasta llegar al exterior y consiguieron escaparse. Su viaje continuó hasta llegar a Turquía.

—Ya estamos aquí, Principito; Ahí hay un puerto, podríamos coger un barco y llegar hasta Grecia —dijo la abuela.

—¡Pero abuela, no tenemos dinero!

Entonces se acercó un señor raro y les dijo:

—¿He oído que necesitáis dinero?

—Sí, así es señor.

—Si me conseguís un poco de cuero os daré dinerito para vuestro barco.

—¡Yo tengo un poco de cuero! Tome señor.

El Principito le dio su trozo de cuero para ganar dinero suficiente para tomar el barco.

—Ahora mi parte del trato, aquí tenéis.

—Pero señor, aquí solo hay para un billete de barco, y somos dos.

—Tranquilo, Principito —intervino la abuela— Tu vete en el barco, yo ya encontraré la forma de llegar al campamento.

Y así fue, El Principito se fue en barco hasta Grecia y la abuela buscó otra forma de llegar al campamento.

 

En el campamento griego, días después…

 

—¡Abuela! ¡Has conseguido venir!

—Así es Principito

—¿Y cuándo podré volver a ver a mis padres?

—Principito, yo… bueno, no te pude contar esto en Siria pero… Tus padres… Han muerto…

—¡¿QUÉEE?!

—Lo siento… Vámonos de aquí antes de que nos vean, nuestro próximo destino es Austria.

Al encontrarse en el campamento, la abuela le tuvo que contar la noticia que no le pudo contar en Siria. Ahora partirían a pie hasta Austria.

 

En Austria…

 

Estaban sorprendidos al ver la nieve, las casas y el bienestar que tenían todos en el pueblo.

—Principito, ve a ver si estos hombres te pueden ayudar.

La abuela se quedó en la nieve con una fogata que la mantendría con vida mientras regresaba.

El Principito fue llamando a las puertas, le respondieron bien y le dieron comida, no les echaron del país por ser extranjeros. Cuando volvió con la abuela para darle parte de los recursos que había conseguido, lamentablemente, a la abuela se le cayó el Burka a la fogata, haciendo que el fuego se apagase…

—¡Abuela, abuela! ¡Mira todo lo que he conseguido! —Grito El Principito — ¿Abuela? ¿¡Abuela!?

No hubo respuesta…

—¡¡¡ABUELA!!!

El Principito tuvo que continuar su viaje él solo hasta Múnich.

Allí conoció a una nueva familia que lo acogió. 

Desde entonces, El Principito no quiso saber nada más de Siria.

Vivió feliz y comió, apfelstrudel de manzana y regaliz.

 

 Jessyca

Blanca González Pérez
 

Érase una vez, una niña llamada Jessyca que vivía en Madrid.

Se encontraba en una situación bastante complicada, en una pandemia mundial causada por una nueva enfermedad: la Covid—19, que la mantenía presa en su propio hogar.

Estaba en su casa con su familia formada por su hermana Erika, su madre María y su padre Pablo.

Todos estaban confinados en su casa porque, si no, el virus se iba a extender y contagiar mucho más a toda la población.

Jessyca estaba en su habitación haciendo su cama, cuando de repente, detrás de las cortinas, apareció un niño pequeño, rubio, con un traje verde y cinturón rojo.

Se quedó en estado de shock durante algunos segundos, porque no se podía creer lo que estaba pasando.

Le recordaba a un personaje que leyó en el último libro que se había leído. De repente el niño le dijo: 

 

—Hola, soy el Principito. Vengo desde muy lejos y el destino parece que me ha traído hasta aquí.

 

Jessyca se atrevió a decirle algo:

 

—Hola —dijo muy asustada—  ¿estás bien?

 

—Estoy bien, pero sinceramente no sé qué hago en este mundo.

 

Jessyca no entendía muy bien el contexto, pero le contestó:

 

—Si quieres te puedes quedar escondido en mi habitación hasta que busquemos una solución. 

 

Durante los días que fueron pasando, Jessyca le traía comida al Principito. Pasaba mucho tiempo con él, cuando antes de que el Principito llegara estaba más tiempo con su familia.

Sus padres empezaron a sospechar que algo estaba pasando, así que decidieron hablar con ella.

Estaba en su habitación jugando en el suelo con el Principito, cuando su padre giró el pomo de la puerta.

 

—¡Corre!, —dijo muy acelerada al Pricipito.

 

El padre de Jessyca habló con ella, todo iba con normalidad.

 

Las semanas iban pasando y el coronavirus también. Pedro Sánchez declaró que ya se podía salir a la calle definitivamente.

Y en ese momento Jessyca y el Principito decidieron hacer algo. Fueron al salón, donde se encontraban sus padres. Y Jessyca muy asustada dijo:

 

—Papá, mamá, esto os va a sorprender mucho, incluso puede que os asustéis pero… el Principito está en casa.

 

Pablo— ¿Co..co..cómo? ¿el de los libros?

 

Sí. ¿Os acordáis cómo acaba su último libro? pues ha venido desde muy lejos y necesita alguien que le cuide.

 

—Pero… no sabemos nada de su familia ni de su vida —dijo su madre.

 

—No te preocupes, a él también le apetece quedarse.

 

—Por mí no hay problema —dijo Pablo.

 

El Principito se quedó viviendo con la familia, fueron felices y comieron espaguetis y otras comidas ricas.



Relato sobre el Principito

Adriana Cáliz


«Nunca pensé que al escribir su gran obra, el Sr. Saint—Exupéry hablase en serio. No creo que nadie se lo imagine hoy en día, pero, yo... yo lo viví.


Les contaré cómo sucedió todo.


Yo tenía 14 añitos, y era la más popular de 2º de la ESO, o lo había sido, hasta antes de la pandemia. Mi madre me había acostado esa noche, hacía frío y me puse mi pijama más gordo. Todavía me acuerdo de él, con estrellitas y lunas. 


Tenía el mejor teléfono del mercado por entonces, hoy en día se consideraría un objeto de coleccionista. Esa noche estuve hablando con mis amigos por Snapchat y Twiteé un par de cosas. Snapchat y Twitter, aplicaciones. Ahora todo está en vuestras cabezas, pero antes, estaban en la nube. No entenderíais qué era aunque os lo explicase mil veces. También me enteré de que habíamos llegado a los 300.000 muertos por el virus. «Casi medio millón» Pensé. Después de eso puse la alarma a las 8.30h para el día siguiente, y cerré mis ojos tratando de no centrarme en la cifra… «300.000, 300.000, 300.000…»


Debían de ser las 3.30h de la madrugada del día siguiente cuando comencé a escuchar unos extraños ruidos. No les presté mucha atención, seguramente fuera la Señora Clementina abriendo su nevera a medianoche como de costumbre. Pero se volvieron aún más extraños cuando empezaron a percibirse desde mi ventana. Tuve que abrir los ojos, y recuerdo con el mismo sobresalto el susto que me llevé al ver claramente al protagonista envejecido de mi obra literaria favorita rogando entrar en mi casa.


Me acerqué a la puerta de mi habitación con miedo pretendiendo avisar a mis padres, pero algo en su mirada me decía que no debía temerle. Estaba confundida, pero aún así, me acerqué a la ventana silenciosamente, y le dejé pasar. 


El metal que rodeaba al cristal estaba frío. Frío. Sentí el mismo frío en mis manos que cuando esperaba en el patio antes de entrar en clase. 


Me miró fijamente: «Pequeña, no debes temerme. Aunque no lo sepas, lo sientes, hazle caso a eso. He percibido que me has identificado. Estás en lo cierto» Empecé a sentir un dolor de cabeza repentino. «Relájate, ya le pillarás el truco» No entendía nada. «A lo largo de mis viajes comprendí el significado de las estrellas. Estos últimos meses han aumentado. En cuanto acabe el ciclo desaparecerán muchas. Y también tus preocupaciones» No había pronunciado ni una sola palabra, pero de algún modo, le había oído. Sin que me diera tiempo a preguntarle qué significaba todo lo que me había hecho interpretar, se dirigió hacia la ventana, y desapareció. 


Acabó el año, y en enero hubo un baby boom. En marzo desaparecieron todos los casos de covid y este también, sin haberse dado la aparición de ninguna vacuna.


Hoy, a mis 84 años de vida, lo comprendo todo. Cuando tome mi último aliento, mirad al cielo, podréis verme volar por primera vez». Mi abuela era una magnífica escritora, nunca se dedicó a ello, por desgracia. Este fue su único escrito, es como si hubiera estado pensando en este relato durante toda su vida y esperase a su último día para escribirlo. 


El regreso del Principito

Alberto Rodríguez

 

El Principito volvía a la Tierra, su viaje había sido largo y conmovedor. Estaba cansado, demasiado como para fijarse mucho en su lugar de aterrizaje. Llegó, y se metió entre dos callejuelas, buscando cobijo entre aquellos cortos tejados. Decidió pasar ahí la noche, pero se le olvidó el frío que hacía al extinguirse la dorada luz del sol. Tiritaba como nunca había hecho en aquellas aventuras, su piel gimiendo por aquella sensación que le atormentaba, pero tuvo que aguantarse. El frío no le dejaba, y en cierto momento llegó un baboso perro a atormentarlo. 


Corrió, temeroso, con un angustioso pavor a esa bestia. Llegado un momento el Principito no pudo más, y se dejó alcanzar. Sin embargo, al contrario de lo que se temía, el perro no le dañó, si no que le olfateó, y ladró alegremente. Aquel escándalo llamó la atención de una niña, que aposentada en su ventana, contemplaba la escena atentamente. La niña le preguntó por su procedencia, ya que era extraño su conjunto de ropa: una capa verde, ropa roja y dorada, cuidadosamente adornada, y su pelo despeinado. No parecía un mendigo, aunque en ese mundo lo era. No poseía bienes materiales, salvo la ropa que llevaba puesta. Él contestó:

—Procedo de todas partes, y de ninguna a la vez, he visto los lugares más recónditos de muchos mundos, pero nadie conoce todo. 


La niña, sorprendida por aquella osadía dijo:

—Pero no tienes nada, y hueles tan mal que tienes moscas persiguiéndote.


El Principito sonrió, contestando:

—A pesar de no tener nada, poseo conocimientos sobre muchos temas, y sabría decirte el nombre de cualquier cosa que me enseñes, de la tierra, de marte, o del planeta que quieras.


—Nombra la sensación provocada por el olor de la lluvia recién caída.


—Bien intentado, pero eso no tiene nombre, al igual que no tienen nombre muchas otras cosas.


—¿Entonces no lo sabes? Preguntó aquella niña.


—Si así lo quieres ver… aunque con ese criterio nadie lo sabe. —Contestó el Principito.


—Y si vienes de todas partes, ¿qué has visto? ¿¡Has visto tortugas!?


—He visto cosas mejores que tortugas: He visto planetas hechos de diamantes, he visto lugares donde se puede controlar el mundo con las palabras, lugares completamente hechos de agua, lugares de todo tipo…


—Y… ¿por qué volviste? ¿Por qué no te quedaste allí? Allí podrías ser rico, podrías tener un castillo enorme donde quisieses, podrías bañarte a todas horas, podrías hacer lo que quisieses…


—Pero allí no hay más personas, no hay nadie con quien hablar, tampoco nadie con quien divertirse, y eso no me gusta.


—Pues yo me habría quedado, la verdad.


—No creo que pensases eso tras unos cuantos días, puede que incluso horas, allí.


— ¿Por qué? Es mucho mejor que aquí, nadie te molesta y puedes hacer lo que quieras.


—Pero la soledad no es exactamente agradable, y además hay criaturas peligrosas que te pueden atacar, y no habría nadie para protegerte.


—No necesito protección, ya tengo diez años :D


—Además yo no iría, ¿para qué quieres tener diamantes si no vas a poder usarlos?


—Pues yo llevo en casa ya 6 meses, por salir… me da igual dónde.


—Bueno, mejor que los que no tienen casa y no tienen a donde ir…


—No, ellos pueden viajar a donde quieran, y son libres, y no tienen que pagar impuestos por la casa.






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