Papeles
Terminé de escribir esa tarde emocionado por el futuro que veía lleno de posibilidades. Siempre pasaba lo mismo: escribía un par de páginas y me dejaba llevar por la esperanza de que el libro que fuera a escribir gustara a la gente y luego… nunca los terminaba. Se quedaban ahí olvidados para siempre en un pozo sin fondo donde se iban acumulando un montón de palabras que nunca llegarían a ser leídas. Pero nada es para siempre y esa noche todo cambió. Mis párpados pesaban y el cuerpo parecía hecho de hierro. El viento me susurraba al oído haciéndome cosquillas y yo intentaba comprender qué era aquello que se me escondía. De repente, el viento cesó y, como una flor que despierta en primavera, abrí mis ojos. Estaba tumbado sobre un suelo de piedra frío y húmedo, a mi alrededor solo había oscuridad. Intenté acostumbrarme a la falta de luz buscando algún objeto que me ayudara a guiarme en ese lugar vacío cuando una luz roja iluminó el rostro...