La vuelta a la Tierra

 El Principito volvía a la Tierra, su viaje había sido largo y conmovedor. Estaba

cansado, demasiado como para fijarse mucho en su lugar de aterrizaje. Llegó, y se

metió entre dos callejuelas, buscando cobijo entre aquellos cortos tejados. Decidió

pasar ahí la noche, pero se le olvidó el frío que hacía al extinguirse la dorada luz del

sol. Tiritaba como nunca había hecho en aquellas aventuras, su piel gimiendo por

aquella sensación que le atormentaba, pero tuvo que aguantarse. El frío no le

dejaba, y en cierto momento llegó un baboso perro a atormentarlo. Corrió,

temeroso, con un angustioso pavor a esa bestia. Llegado un momento el Principito

no pudo más, y se dejó alcanzar. Sin embargo, al contrario de lo que se temía, el

perro no le dañó, si no que le olfateó, y ladró alegremente. Aquel escándalo llamó la

atención de una niña, que aposentada en su ventana, contemplaba la escena

atentamente. La niña le preguntó por su procedencia, ya que era extraño su

conjunto de ropa: una capa verde, ropa roja y dorada, cuidadosamente adornada, y

su pelo despeinado. No parecía un mendigo, aunque en ese mundo lo era. No poseía

bienes materiales, salvo la ropa que llevaba puesta. Él contestó:

—Procedo de todas partes, y de ninguna a la vez, he visto los lugares más recónditos

de muchos mundos, pero nadie conoce todo. 

La niña, sorprendida por aquella osadía dijo:

—Pero no tienes nada, y hueles tan mal que tienes moscas persiguiéndote.

El Principito sonrió, contestando:

—A pesar de no tener nada, poseo conocimientos sobre muchos temas, y sabría

decirte el nombre de cualquier cosa que me enseñes, de la tierra, de marte, o del

planeta que quieras.

—Nombra la sensación provocada por el olor de la lluvia recién caída.

—Bien intentado, pero eso no tiene nombre, al igual que no tienen nombre muchas

otras cosas.

—¿Entonces no lo sabes? Preguntó aquella niña.

—Si así lo quieres ver… aunque con ese criterio nadie lo sabe. —Contestó el

Principito.

—Y si vienes de todas partes, ¿qué has visto? ¿¡has visto tortugas!?

—He visto cosas mejores que tortugas: He visto planetas hechos de diamantes, he

visto lugares donde se puede controlar el mundo con las palabras, lugares

completamente hechos de agua, lugares de todo tipo…


—Y… ¿por qué volviste? ¿por qué no te quedaste allí? Allí podrías ser rico, podrías

tener un castillo enorme donde quisieses, podrías bañarte a todas horas, podrías

hacer lo que quisieses…

—Pero allí no hay más personas, no hay nadie con quien hablar, tampoco nadie con

quien divertirse, y eso no me gusta.

—Pues yo me habría quedado, la verdad.

—No creo que pensases eso tras unos cuantos días, puede que incluso horas, allí.

—¿Por qué? Es mucho mejor que aquí, nadie te molesta y puedes hacer lo que

quieras.

—Pero la soledad no es exactamente agradable, y además hay criaturas peligrosas

que te pueden atacar, y no habría nadie para protegerte.

—No necesito protección, ya tengo diez años :D.

—Además yo no iría, ¿para qué quieres tener diamantes si no vas a poder usarlos?

—Pues yo llevo en casa ya 6 meses, por salir… me da igual dónde.

—Bueno, mejor que los que no tienen casa y no tienen a donde ir…

—No, ellos pueden viajar a donde quieran, y son libres, y no tienen que pagar

impuestos por la casa.

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