Recuerdo...
Cuanto más se acercaba, más recuerdos volaban por su cabeza.
Recuerdo..., recuerdo..., recuerdo al señor que cayó del cielo y cómo cada vez que yo
hablaba sus ojos se llenaban de estrellas y chispas, recuerdo la sensación de no estar
solo completamente, recuerdo la arena, el Zorro, el agua y el viento.
Le llamaba la atención que, desde las estrellas, se oía una voz muy peculiar que,
según sus pequeñas y frías orejas, provenía del tejado naranja. Solo pensaba en esa
penetrante voz que cada vez se mezclaba más y más con su sentir y su pensar.
Entró por la ventana y levitando cruzó las escaleras. Un vapor de lavanda salió de una
de las puertas de aquel pasillo. Miró dentro y vio a una niña peinando su pelo con los
dedos y adornándolo con flores color naranja mientras canturreaba. El Principito la
observaba totalmente encantado, sin desearlo una sonrisa apareció en su boca.
—Hola —dijo el Principito. La niña saltó de un susto, miró de arriba abajo y por un
momento se alegró de verle al hablarle las palabras bailaron en su boca:
—¡No debes estar aquí! —El Principito sorprendido ladeó la cabeza,
—Lo siento, debí haberme presentado, soy el Principito. Debo admitir que viajé
enamorado de tu canto, esa es la razón por la que estoy aquí.
—Ya sé quién eres, pero no puedes estar en este planeta, debes marcharte...
—No entiendo… vengo a por tu voz, se la regalaré a mi rosa. Ven conmigo a mi
planeta y canta para ella.
—¿Tu rosa? ¿Quién es ella? No iré contigo, tú te marcharas —exigió la muchacha.
—No pienso marcharme hasta que accedas a viajar a mi lado, así que contéstame,
¿por qué no debo quedarme?
—No es seguro para ti, ¡la Tierra sufre una catástrofe Principito! La Covid—19 —dijo
ella poniendo una voz tan dramática, que el chico casi se ríe.
—Es una enfermedad grave príncipe, más bien un virus, que se llevó a mi abuelito.
¿Le recuerdas?
La niña tiró de una cuerdita que colgaba del techo a la que casi no llegaba.
Entonces una puertecilla se abrió dejando caer una escalerita, la niña subió y el
príncipe detrás de ella. Encendió una lucecita que iluminó un cuarto olor madera
mojada que, además de cajas, tenía una gran cantidad de cuadros y fotos.
—Este era su estudio, aquí se preparaba para ser piloto. Le encantaba dibujar, sobre
todo desde que te encontró. Hace 3 meses murió. Ya era muy mayor… Pero por esa
razón no debes quedarte. Tú eres lo único que me queda de él.
—Por el camino encontraré la cura —volvió a insistir y esta vez la agarró de la
muñeca, parecía tener prisa.
—Iré contigo si me prometes una cosa: quiero un palo rojo y plano.
—De acuerdo.
Mientras le agarraba fuerte de la mano, el Principito y ella empezaron a volar y
volar. Cada vez la Tierra era más pequeña y el entorno más frío y solitario.
Entonces, en la oscuridad, se encendió una pequeña luz.
—Esa es nuestra parada. Ahí está la cura. Dormiremos ahí y a la mañana siguiente
marcharemos con mi rosa, estarás en tu casa por la tarde.
Llegaron al pequeño planeta de líneas doradas: En verdad, la niña se imaginaba una
especie de aguja gigante o algo así, pero solo había un vaso encima de una mesa
ocre lo demás era tan solo parte del planeta.
—Este vaso es muy pequeño para curar a todo el planeta —dijo ella mirando el vaso
con desprecio.
—Bébetelo
La niña se bebió el vaso y se durmió. A la mañana marcharon, parecía como si solo
hubiesen dormido dos horas.
Fue un viaje corto. Nada más volar unos cuantos minutos, pasó otra vez: una luz se
encendió. Para la niña era una luz, como cualquier otra luz, pero para el Principito era
su luz, como ninguna otra luz.
El Principito, velozmente, flotó rápidamente hasta que el punto de luz se volvió un
precioso planeta en el que habitaba una rosa, color rojo, y muy vivo, con un tallo alto, y
muy verde y con un bello rostro, el más bello. El Principito se sentó y olió su rosa.
—Ahora canta, por favor.
La niña, casi sin pensarlo, abrió su pequeña boca y comenzó a cantar. Su voz era
igual a ver caer un pétalo blanco en el agua. No hacía falta música. Sus se palabras
daban la mano y cada una bailaba con el silencio de aquel lugar. Mientras cantaba,
miles de hilos de luz salieron de su voz y se esparcieron hasta llegar a la Tierra.
Y de los rojos pétalos de la bella rosa creció un palo rojo y plano.
— ¿Qué es lo que me he bebido príncipe? ¿Qué ha regalado mi voz a la Tierra?
¿Es la medicina lo que he desprendido?
—No, no has cantado medicina, has cantado conciencia, no hay mejor cura. Y ahora
toma el palo.
La niña agarró el palo y antes de que pudiera decir gracias, abrió los ojos. Tenía el
pelo mojado y un cepillo en la mano, estaba en el suelo del baño. Quizá se había
desmayado por el calor del vapor. No, no era un sueño, era verdad. Se levantó y
encima del Bidé se encontraba el palo, el palo rojo y plano. Subió las escaleras al
desván y colocó el palo rojo y plano en un agujerito de una maqueta de un avión rojo.
Tenía un piloto en miniatura y una chapita dorada con el dibujo de una caja con un
cordero.
Por Noa Egido
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