Vivir

 La brisa de la ventana se sentía cercana después de días sin compañía, pero enseguida,

un escalofrío me recorrió recordándome que había algo más frío que la soledad. Me

senté en el poyete de la ventana y alargué la mano con la esperanza de llegar a la clavija

y cerrarla, pero antes de que tuviese éxito, un destello dentro de mi habitación me

distrajo de mi objetivo. De él surgió un muchacho de tez blanca, rubio y pequeñito. Sus

vestimentas delataban que no era de aquí. Su evidente devoción por el color verde

reflejaba su amabilidad y gentileza. Al ver que se acercaba me acordé de las nuevas

normas.


—No puedes pasar, quitando el hecho de que eres un desconocido, estamos en una

pandemia mundial —le dije al ver que no pretendía volverse atrás.


—No te preocupes Damie, en el sitio de donde vengo el virus no existe. Pero de todas

maneras debemos seguir el protocolo —dijo él con la mirada iluminada, como si se le

hubiese ocurrido una idea fantástica.

Del bolsillo sacó una libreta y, como si de rutina se tratase, realizó unos trazos y en

segundos tenía una mascarilla en la mano.


—¿Cómo has hecho eso? ¿Lo has dibujado y ha salido así de la nada?— pregunté yo a

medio camino entre asustada y emocionada por lo que acababa de presenciar.


—No te asustes Dam, es una libreta mágica, dibujo objetos que necesite y aparecen. Me

lo dio un viejo amigo hace tiempo —dijo como respuesta, así como si de pan se tratase.

Entonces se me encendió la bombilla.


—Y…¿Puedes sacar a personas?—En el momento en el que lo dije me di cuenta de lo

ridículo que sonaba.

— Déjalo, de verdad, es una tontería.

—Nunca lo he probado, pero no creo. Lo que sí que puedo hacer es sacar animales

—dijo sin juzgar mi necesidad de compañía. Viendo que se disponía a dibujar le corté.

—No, no, de verdad, mi madre cuando vuelva me mataría si ve un animal rondando por

aquí.—dije a medio camino entre la tristeza y la risa.

—¿No están tus padres en casa?—preguntó extrañado.

—Mi padre está enfermo, así que mi madre y él están ahora casi siempre en el hospital,

y para que no me ponga enferma prefieren no venir. La señora Linn viene a darme la

comida por las mañanas, es la vecina y es muy maja, siempre me trae pastelitos.—sonreí recordando esa mermelada de frambuesa que pone encima de sus

bollitos.

—Yo también he estado solo durante mucho tiempo, por eso me gusta viajar.—dijo

sentándose en el bordillo de la ventana mirando hacia las estrellas.

—Pues lo siento mucho, de verdad. Llevo solo dos semanas y mi único sueño es que

todo acabe y vuelva a ser como antes -dije sin mirarle, con la vista fija en la luna y el

cielo estrellado.

—No creo que ese sea tu sueño en verdad —dijo mirándome a la cara y volviendo la

vista a la ventana continuó — ¿Cuál era tu sueño antes de todo esto?— Suspiré,

sinceramente, me costaba acordarme.

—Me gustaría viajar por todo el mundo y hacer un cambio. Concienciarme sobre

realidades ajenas a mí y actuar en consecuencia. Después de ir a la universidad

ahorraría durante un año, cogería todas mis pertenencias en una mochila y me iría por

lo menos diez años a aprender lo que no te enseña una carrera sobre las personas, las

calles y las sociedades del mundo — Él me sonrió y no sé si se estaba riendo de mí o le

daba una pena muy grande.

—En verdad nos parecemos notablemente. Yo me sentía terriblemente solo y decidí

viajar y conocerlo todo —De repente se le cambió la cara, se ve que se acordó algo —

Pero pagué un precio muy grande, todos los día la echo de menos, ojalá pudiese traerla

conmigo — Dijo con mucha tristeza.

Transcurrió un tiempo en silencio, no incómodo ni alterante, sino reflexivo. Ambos

continuamos pensando en silencio sobre nuestros sueños, acompañándonos en

silencio.

—No creo que lo cumpla —dije después de un tiempo. Él me miró extrañado — Mi

sueño digo, después de esto, no sería capaz de dejar a mis padres solos por tanto

tiempo —añadí muy desanimada, no había pensado en esto hasta ahora.

—Hasta mis sueños me está quitando esta pandemia, eso es lo más triste.— añadí

bastante molesta —después de esto todas nuestras vidas se verán alteradas, habrá un

antes y un después y es muy injusto, toda nuestra generación va a tener que cambiar

sus sueños por algo que no se puede cambiar.— Susurre sollozando. Él se giró y me

respondió. No pensaba que lo hiciera.

—Vuestro valor de la vida ha cambiado. Pensabais que la vida duraba para siempre, que

la muerte es muy lejana o incluso aleatoria. Ahora viviréis contando los minutos,

sabiendo que el tiempo es limitado y aprovechando cada día que vivís, porque ahora la

gente no tiene la certeza de que al día siguiente seguirá viva — Terminó y supe que

sentía cada palabra que dijo. Entonces un gran viento entró por la ventana y derribo

unas hojas de mi mesilla, me levanté a cogerlas y al girar la cabeza miré al poyete: nadie

había allí sentado. A día de hoy sigo sin saber si me lo imaginé.

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