2º Premio del certamen Literario del Ayuntamiento de las Rozas del 2021
Noa E.N.
Intenté dormir, no podía, así que bajé a la playa; mientras caminaba sobre la húmeda arena, mi mirada trataba de encontrar donde acababa el cielo y empezaba el mar. De repente, mientras andaba, mi pie siguió un frescor y caminó hasta sentir un pequeño chapoteo que provocó un escalofrío por todo mi cuerpo. Seguí hundiéndome mientras las olas me mecían y me cantaban, poco después me encontraba con medio cuerpo bajo el agua e hipnotizada por una sensación adormida, cerré los ojos y me desplomé. Floté durante unos instantes, me tomé la tranquilidad de sentir que me derretía y me mezclaba con la serena espuma salada. Poco después, choqué contra la arena y abrí los ojos de nuevo para encontrar un mar alto, un mar tan alto que parecía el cielo que con la misma tranquilidad arropaba la tierra de noche y de día, pero entonces la luna me recordó que seguía viva y me embargó la misma sensación que al entrar en el agua y me quedé ahí mirando la luna que, de forma inconsciente, iluminaba el camino a casa. Entonces encontré la separación entre el mar y el cielo, busqué donde la luna se derretía como mi cuerpo hace un instante: ahí empezaba el mar. Luego, miré más arriba y contemplé de nuevo la fastuosa luna redonda y sólida, ahí empezaba el cielo.
La playa a medianoche; era la sensación de andar sobre la húmeda arena oscura o de flotar dormido sobre el infinito espejo del cielo estrellado, que derretía la luna al igual que mis sensaciones.
Mi cuerpo flotó olvidado durante instantes y sentí que la luna se posaba sobre mi pecho y me llenaba de luz.
Y entonces descubrí el final del mar para encontrar el principio del cielo.
Esa noche no dormí para soñar, soñé para dormir.
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