Relatos con visualización

Visualización Alberto CT Estoy a la orilla de un lago. Junto a un árbol veo un manojo de llaves y un espejo. A lo lejos, de una chimenea sale un humo negro Son las cuatro de la tarde y hay sol: Y una playa en la que desemboca el río a lo lejos con niños corriendo, jugando, nadando. Se estaban divirtiendo, y yo tumbado en el suave césped notando la brisa fresquita, el viento en la cara y el ruido de las olas y esas risas de los niños jugando. A lo lejos estaba el mismo paisaje, con alguien tomando el sol como yo , pero me di cuenta de que era el espejo, me estaba reflejando, era la tranquilidad en persona y era genial.


Perdida


Camila.


¿Cuánto tiempo llevaría allí? Poco, aunque no sabía ni cómo había llegado hasta ese lago. Llevaba cuatro años viviendo en aquella ciudad y la primera vez que pisaba aquel bosque era en extrañas condiciones.

Llevaba el uniforme de la farmacia y aquellos zapatos tan feos de los que se burlaba mi hermana cada día al salir de casa. Miré las chanclas y sonreí, ¿sabría mi hermana dónde me encontraba? Me fijé entonces en mis calcetines, llevaba puestos unos largos y morados que ponían en letras vistosas “JUEVES”. Normalmente siempre llevaba blancos, pero cuando me ponía aquellos calcetines nunca era incoherente con lo que ponían, la tía Marla cuando me los regaló me dijo que si me ponía el que no tocaba cada día sería un mal augurio. Ya tenía varios datos. Era jueves, estaba en un frondoso bosque en la orilla de un lago y era con mucha seguridad jueves, no parecía haber llevado esta ropa mucho tiempo. Los árboles no me dejaban ver más allá. 


Aunque llevaba viviendo en Cleiton varios años nunca me había adentrado en sus bosques, soy una persona de ciudad y la naturaleza lejos de calmarme muchas veces me resulta tediosa. Miré a mi alrededor, solo veía arbustos, el agua con tono verde, la tierra marrón mojada  y regios árboles impidiendo localizarme con respecto a las calles. Intenté centrarme. Caminé unos pasos y entre los árboles algo me encandiló. Me acerqué con cautela y cierto nerviosismo, era obvio que aquello no pertenecía a la naturaleza del bosque.


Apoyado en un árbol encontré un espejo, de los que se pegan en la pared de los lavabos. Era rectangular y sin ningún marco. Al ver mi reflejo me asusté. Tenía una gran cicatriz que me atravesaba la mejilla y parte del labio superior. Tenía la cara manchada de negro, me cruzó por la mente la idea de que fuese carbón, pero no podía explicar como habría llegado eso al bosque. Pero lo más impresionante es que la herida parecía curada, como si hace una semana que me la hubiese hecho. Una sensación extraña me invadió, no percibía haber estado tanto tiempo fuera desde el principio. Llevaba mi ropa usual limpia y me sentía conectada a la rutina, como cuando faltas un día al trabajo y al siguiente todo sigue igual. Entonces un soplo de viento trajo otro sonido extraño. Alcé la vista y me encontré con una llaves plateadas, unidas por un llavero de una sola anilla y que aún se meneaban y chocaban entre sí por el viento, haciendo ese caótico aunque no desagradable sonido. Las agarré y las examiné durante un momento. Juraría que jamás las había visto, aunque tenía en el fondo de mi mente una sensación de familiaridad extraña con las llaves. No de apego, sino de haberlas poseído en algún momento. Aún así no encontraba conectar los datos. En ese momento lo oí. Oí el sonido del campanario de la iglesia que estaba a una manzana de mi casa. A juzgar por la posición del sol, estarían anunciando la misa de las cuatro de la tarde. Estaba cerca de casa, solo tenía que seguir el sonido.


Enajenación

Sara C.J.

Salí a tomar el aire, parecía imposible de creer hasta donde había llegado. Las cuatro de la tarde siempre era mi hora de sentarme a ver las vistas, oír el sonido de los pájaros, oler ese gran bosque por el que estaba rodeada.

Pero lo más interesante era la forma en la que había acabado. Pensando varias horas en la orilla del lago me pregunté si a lo que me dedicaba tenía alguna salida, si merecía la pena. Me incorporé y me vi reflejada en el lago. Toda sucia, con ceniza, y sangre, ¿de verdad merece la pena acabar así?

Más tarde me di cuenta del humo negro como la noche que salía de la chimenea. Fui corriendo pensando que llegaba tarde, solo podía pensar en qué le habría causado al pobre chico. Ese fue el momento en que mi conciencia me pesaba hasta llegar al límite.

Cuando llegue a la puerta me di cuenta de que estaba completamente cerrada, por suerte llevaba conmigo mi llave.  Metí la mano en el bolsillo para buscarla, pero después de segundos desesperados saqué del bolsillo un manojo de llaves interminable. Al buscarla, ya prácticamente en ese momento, yo ya consideraba la situación perdida.

Me apoyé en la puerta y respire hondo. Sabía que nunca la abriría, nunca podría devolverle la vida ni pedir perdón por mis pecados. Era un auténtico monstruo, él, cómo había planeado todo y llevado todo al límite.

Después de un rato, al caer la noche me acosté, cerré los ojos, e intente que el sueño me recorriera el cuerpo. Al rato me desperté de golpe por un ruido provocado en el interior de la vivienda. En ese momento no sabía si me encontraba feliz porque no había matado a aquel chico o confusa por cómo había sobrevivido o incluso con ese sentimiento de caza... lo que quiero decir es que en ese momento hubo una pequeña parte de mí que deseaba verlo morir, supongo que ese era mi lado asesino.

Me levanté corriendo dirigiéndome a él, pero nadie había salido de la casa. Solamente se había roto la ventana, y miles de trozos del espejo del salón estaban tirados por el suelo. Cuando me quise dar cuenta el chico seguía ahí aguantando como un superviviente, lleno de sangre por las heridas, de lágrimas, de ceniza, pero no por mucho tiempo.


Un día extraño

Se oye la ligera brisa que hace que el agua del lago haga pequeñas ondas. Está todo tranquilo, en paz. No hay nadie salvo yo, puedo oír a los pájaros cantar y a los grillos sonar.

Decido levantarme y dirigirme hacia el árbol con el manojo de llaves. Confusa por el hecho de no saber qué hacían ahí, en medio de un prado, las cojo. De repente veo en el espejo, apoyado en el árbol, cómo aparece una puerta de la nada. Me giro, pero no estaba, solo se veía en el espejo.

Entonces es cuando se me ocurre que igual alguna de las llaves abría la misteriosa puerta. Me paro a pensar lo que hacer mientras miro hacia el horizonte y oigo a los animales cantar. Un rato después se me ocurre algo que hace que me replantee si estoy loca. Sigo adelante con mi plan y antes de darme cuenta estoy dentro del espejo con la puerta enfrente de mí. 

Leire B.S.

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