Prácticas con Julio Cortazar

 Relatos con precuela y secuela sobre "Las líneas de la mano" de Julio Cortázar


Isabel P.


El sol estaba a punto de ponerse, y él no iba a esperar más tiempo. El culpable de su miseria y toda su familia estaban ahí, en ese viejo bote el cual tantas veces su difunta hija y él habían observado. “Sentirás lo que sentí” escribió en el papel más roñoso que encontró por su piso situado al lado del puerto. Le puso un viejo sello que guardaba desde hace unos años, y la dejó en su mesa, en esa mesa que por última vez usó.


De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí ( pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo ) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.


Gotas muchas gotas. De sangre inocente cayendo por el arma usada, de agua pura cayendo por el rostro de un hombre desganado. No era justo, pero lo había hecho. No era un acto humano, pero él ya no se reconocía. Solo veía aquel día, en el que sin piedad le quitaron todo lo que él tenía, todo lo que él amaba. Desde que ella se fue, su vida dejó de tener sentido. Sin embargo, el responsable no se merecía morir. Se merecía que le arrebatara lo que más quería, a su pequeña hija, y sufrir. Sufrir cada uno de sus días hasta su último. Que su pecho arda de dolor cada vez que lo recuerde. Que no pueda descansar, ni comer, ni proseguir con su vida, justo como le pasó a él.

Acto seguido, apuntó a su propia cabeza y ni dudó. No cabía en su alma destrozada, la culpa de haber destrozado otra.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Una vida de perros

El día nublado

Papeles