El pueblo olvidado
Esta historia empieza en un pueblo, un
pueblo que nadie conoce, no aparece en los mapas y no es conocido por nadie
excepto la gente que vive en él. Las personas de la mitad A del pueblo solo
pueden tener una virtud, pero en la mitad B solo vive gente que nace con un
defecto. Por último está la parte central dónde solo vive una persona: Miss
Marily. Nadie la ha visto nunca, pero por saber, se sabe que existe.
Miss Marily nació hace más de mil años con
muchas virtudes, pero también con muchos defectos, por eso fue trasladada a la
parte central. Tiene el aspecto de una joven de 20 años y nunca envejecerá.
Desde que era bebé ha tenido el don de dar una virtud o un defecto a la gente
de su pueblo. Ella los llama glupis, Miss Marily vive con ellos. Son unos
fantasmitas que cuando va transcurriendo el tiempo se convierten en una especie
de gatos, con cada uno un color distinto. Miss Marily los educa y cuando llega
su hora se marchan hacia su nuevo amo, para darle su virtud o defecto.
Era un día normal, Miss Marily estaba
paseando por los tejados de las casas de la mitad A haciendo su trabajo:
observar y buscar bebes glupis. De repente, se fijó en un señor delgaducho,
alto, bien vestido, de mediana edad, pero parecía muy despistado, no cesaban de
caer papeles de sus manos.
«Qué raro» —pensó Miss
Marily, «esta es la parte A y este hombre parece tener algún que otro defecto».
De repente pasó algo que nunca había
pasado: alguien la pudo notar, es más, alguien la pudo ver, fue aquel hombre.
—Perdona, necesito que me ayude, no
encuentro la calle Rosales. Es que mire usted, me han dado una plaza para un
nuevo trabajo y es que no se ubicarme. Dijo el hombre apresuradamente.
Al principio Miss Marily quedó
estupefacta, pero luego reaccionó.
—Está en frente de usted, pero espere,
¿Cómo se llama?
El hombre salió corriendo mientras gritaba
que su nombre era Finn.
El resto del camino encontró dos pequeños
glupis y terminó su ronda de vigilancia, no se le quitó de la cabeza en todo el
día lo que acababa de suceder.
Finn no se lo podía creer, al llegar a la
entrevista ya le habían cerrado la puerta principal con llave, lo bueno era que
la puerta era de cristal y la secretaria podía verle, o eso creía él.
—¡Hola, hola!, perdón por molestarla, ¡holaaa!
— Finn no dejaba de aporrear la puerta pero la muy terca ni le miraba.
No tuvo más remedio que sentarse allí en
medio de la calle esperando a que abrieran, al final se quedó sin trabajo
porque a partir de ese día nadie podía verle.
Al día siguiente, el pobre hombre empezó a
buscar a Miss Marily y al cabo de hora y media la encontró, justamente en el
mismo lugar que la vio el día anterior.
—Hola, ¿me ves? — preguntó Finn a Miss
Marily, moviendo la mano enfrente de su cara.
Le veo perfectamente y si fuera posible
aparte su mano de mi cara, tenemos que hablar. Con rápidos movimientos le
atrapó y le metió en un saco.
— ¡Que alguien me ayude! —El intento de
Finn fue en vano, ya nadie lo escuchaba.
Al llegar al tejado número tres Miss Marily
sacó a su preso y lo ató a una silla.
— ¿Qui… quién eres? —preguntó Finn
tembloroso.
— Parece que no has ido a la escuela de
niño, soy la famosa pero desconocida Miss Marily. Estás aquí por una razón y es
que eres un error, tienes defectos y resides en la parte A y eso podrás saber
que no puede ser en el pueblo.
—Por tu culpa nadie me puede ver y he
perdido mi trabajo —Se armó de valor Finn.
Se pasaron la tarde discutiendo sobre que
tendrían que hacer pero no llegaron a ninguna conclusión y miss Marily se fue a
dar su paseo rutinario por la parte B.
Encontró cuatro glupis más y todo parecía
ir normal, para ser sincera Miss Marily se sentía aliviada de no tener más
gente problemática, pero a la vuelta de la esquina empezó a oír una voz preciosa
cantando y contando historias a los niños pequeños.
—Otro error no, por favor. —Susurró Miss
Marily, voló y se escondió cerca de la misteriosa voz que resultó ser de un
hombre.
Ese señor tenía virtudes y estaba en la
parte B, así que Miss Marily sacó otro saco y rápidamente lo metió.
Este hombre al contrario de Finn era muy
gordo y con un bigote muy característico.
Pasaron días y días discutiendo los tres
que debían hacer, la verdad, es que se hicieron íntimos amigos, cada tarde
echaban diez partidas a las cartas y veían una peli y el primer día
descubrieron cómo se llamaba su amigo nuevo, Tom.
Al fin llegó el día en que llegaron a una
conclusión: partirían esa misma noche y avisarían a todo el planeta Tierra que
necesitaban científicos para arreglar el problema, pero no sabían cómo
terminaría todo.
Esos días consiguieron material de todo
tipo para hacer un barco y el día seis de Mayo partirían por el mar infinito,
que todos sabían que no era infinito.
El barco quedó precioso y grande, sin
pensárselo, los tres se subieron al barco y zarparon.
Día tras día pasaron por muchos mares pero
no encontraron más que dos pequeñas islas. Hasta que llegó el día definitivo.
Llegaron a tierra firme y se asombraron de
lo lleno de gente que estaba y preguntaron, suponiendo que hablaban el mismo
idioma, que dónde había científicos que explicaran lo que había pasado. Miss
Marily estaba preocupada por si le quitaban su trabajo y la echaban del mundo,
pero pasó algo muy diferente, por cada país que pasaban los científicos les
miraban raro e intentaban llamar a la policía pensando que estaban locos.
Así estuvieron, no se olvidaron de
recorrer ni un milímetro del mundo sin ninguna respuesta a su problema, o eso
creían ellos.
Al llegar a su tierra se sentían muy
decepcionados y ya en casa se pusieron a hablar de cómo había sido su viaje
mientras cenaban una pizza caducada, aunque a ellos no les pareció que había pasado
tanto tiempo, habían estado dando vueltas al mundo en busca de una respuesta,
poco más de un año.
—Y ¿Qué os ha parecido ese nuevo mundo? —preguntó
Miss Marily rompiendo el silencio.
—Hemos descubierto nuevas cosas aunque no
queráis admitirlo —Opinó Tom.
—Lo que más me ha impresionado ha sido las
máquinas esas con las que se desplazan, ¿Coches han dicho que se llaman? —dijo
Finn
Tras largo tiempo de cháchara Tom exclamó:
—Ya sabía que se nos escapaba algo, lo que
más nos sorprendió es que hubiese tanta gente y tan distinta entre ellos, no
había lugares para gente «mala», con defectos, ni otros para gente con
virtudes, todos, prácticamente todos, se trataban como iguales y parecían vivir
felices, ¿Qué opináis?, ¿Creéis que es eso lo que hace falta en este sitio, que
todos vivamos con muchas virtudes y defectos, juntos?
— ¡Eso es! — dijo Miss Marily contenta.
Con todo planeado, un día se colocaron en
el techo más alto que Miss Marily conocía y con un altavoz, planos y libros, sí
libros, también los tres amigos habían aprendido que los libros dan libertad,
diversión, sabiduría y entretenimiento, algo que no tenían en «el pueblo». Empezaron
a explicar el plan a los residentes, que básicamente era demoler la mitad de la
ciudad y juntarse todos.
Los ciudadanos aceptaron en seguida y se
pusieron manos a la obra esa misma tarde.
Tardaron medio año, la vida en «el pueblo»
se volvió mucho mejor y mucho más alegre incluso instalaron 3 bibliotecas. Te
preguntarás cómo les fue la vida a nuestros protagonistas, pues a ellos les
había gustado el mundo exterior y se mudaron a España dónde vivieron felices y
comieron perdices (Y tortilla de patata).
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