Jarabe de mosca




 

Besar al alacrán de mi patio.

Hasta que me sangren los labios y las encías.

Tragar el veneno.

Apretar el pequeño exoesqueleto hasta que lentamente ceda.

Un leve crujido y después sangre.

De color verdoso.

Y lo acaricio con la lengua.

Y mis ojos se cierran sin mover mis párpados. 

¿El Anticristo?

He perdido mis zapatos.

Las cucarachas cubren mis pies.

Mordisquean la roña.

Se nutren de mí.

Mis cicatrices desaparecen.

Se tornan violetas.

Flores pequeñas a las que acuden las abejas.

Y rendida ante sus vivos colores.

Caigo.

Y pequeñas hormigas obreras me consideran suya.

E invaden mis orificios.

Mis entrañas toman vida.

Más aún.

Y tratan de digerir.

Pero me digieren.

Y me vuelvo ácido estomacal y putrefacción.

Y múltiples hongos nacen de lo que solía ser mi piel.

Y las orugas metamorfosean dentro y fuera de mí.

Y soy ellas.

Y ellas me son.

Y soy Dios.

Y Dios me es.

No me pueden las ortigas.

 


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